Los primeros desafíos del viaje:
Nos comunicamos con nuestro amigo y le dijimos que esa noche no íbamos a poder llegar; aún nos faltaban como 20 km para llegar a Caucasia, que era donde nos iban a recoger. Paramos en un estacionamiento de camiones al lado de una estación de gasolina, en la cual viene mi primera recomendación si alguien está haciendo algo así:
En estos lugares suele haber seguridad, y están los muchachos de la estación de gasolina trabajando toda la noche. Y al ser un parqueadero es un lugar plano y grande donde acampar. Nosotros le dijimos al de seguridad y al trabajador de la estación que nos pusieran cuidado, les contamos de la travesía y nos dijeron que de una, que ellos estaban al pendiente. Esa fue la primera noche.
Al otro día madrugamos. No les voy a negar, el dolor de piernas y nalgas ya se empezaba a sentir. Hicimos esos 20 km faltantes y antes de las 7 a. m. llegamos donde el amigo. Allá la familia nos recibió, estuvimos todo el día con ellos y al otro día nos volvieron a acercar al pueblo para seguir con el recorrido.
Para este día la ruta era Caucasia – Montería: 120 km. Salimos bien temprano y entramos a rodar. Ya sabíamos que al mediodía no podíamos pedalear, el sol era infernal y, al menos yo, ni siquiera tenía cómo protegerme los brazos y el cuello. Para acabar de ajustar, en la cabeza tenía una visera, pero no tenía gorra completa, por lo que se me calentaba la cabeza.
La idea era pedalear lo más que se podía hasta las 11 a. m., tratar de encontrar un pueblo para almorzar y reposar, y luego salir después de las 3 p. m. hasta que anocheciera, para buscar un lugar donde acampar. Ese día las bicis empezaron a pincharse: la del amigo que estaba bastante mal falló, además empezaron las caídas. El mismo de esa bicicleta y la carpa mala se estampó con un bus al estilo del famoso ciclista Egan Bernal: no fue capaz de frenar ni de quitar los pies del calapié y ¡de cara al bus!
En ese momento tardábamos demasiado poniéndole un parche a la llanta; apenas estábamos aprendiendo, pero pudimos continuar.
Algo muy bonito que nos empezó a pasar era que en cada pueblo que pasábamos, la gente nos preguntaba por el viaje y, al contarles, todo el mundo nos empezó a regalar agua, mecato; hasta a sopa nos invitaron. Se vio lo bonito de la gente colombiana.
Ese día paramos a almorzar en un pueblo que se llama Planeta Rica. Preguntamos cuál era el almuerzo más barato y nos mandaron para la plaza de mercado, que es otra recomendación: en todas las plazas se encuentra la comida más económica, además de que se utilizan generalmente productos frescos que se consiguen directa y diariamente allá.
Imagínense que, en general, siempre a donde llegábamos íbamos a las plazas. En ese tiempo los almuerzos nos costaban entre 4 mil y 6 mil pesos y siempre eran unas bandejas grandes, como las siguen vendiendo hoy día (obviamente más caro), pero que sigue siendo la mejor opción en todos los pueblos. Obviamente, que tengan plaza de mercado, y eso para nosotros fue algo que nos salvó bastante. Para esta clase de viajes lo recomiendo.
Después del viaje habíamos comido como reyes. Les digo, y es de verdad, que llegué como con 5 kilos de más, además de tener unas piernas como si hubiera hecho deporte toda la vida.
Lo otro es que ese descanso del mediodía hasta las 3pm lo empezamos a llamar la “siesta costeña”: tirábamos una de las carpas sin armar en alguna manga o espacio al lado de la carretera debajo de un árbol y ahí nos quedábamos durmiendo hasta que bajara el sol. Y de ahí para adelante, en cada momento que no queríamos hacer nada o pedalear, se le decía “la pereza de costeño”, ya que viendo parte de la vida de estos lugares era impresionante la cantidad de gente que se veía en esos pueblos en las mañanas, en día de semana, en los patios haciendo nada, tomando ron en mecedoras y con sus equipos a todo volumen.
Desde este día empezaron entonces varios rituales que nos iban a seguir por todo el viaje: la comida (desayuno y almuerzo) en la plaza de mercado y la siesta costeña después de almuerzo hasta las 3 p. m.
Llegamos a Montería en la noche después de varios pequeños contratiempos y mi amigo, el de la bici mala, se cae por un muro al lado de carretera, tratando de esquivar un separador en la calle, como de 3 metros. En ese momento dije: “ya se acabó el paseo, chao, hasta aquí fue”. Cuando se oye una vocecita a lo lejos: “¡estoy bieeen!”. El parcero había caído, gracias al Señor, en unos arbustos y no le había pasado nada.
En un paréntesis debo decir que él fue el que más la sufrió en todo el viaje jajajaja.
Buscamos dónde acampar ese día, igual al lado de una estación de gasolina. Y pasó… a mi amigo se le dañaron las varillas de la carpa y eso quedó literalmente como un sleeping bag. La idea era rotarnos todos los días en las carpas y que uno durmiera solo una noche y a la otra con el otro, pero a este parcero se le dañó la carpa, y jajajaja el resto del paseo le tocó dormir como si fuera el saco de dormir, con eso dándole en la cara. Bueno, después del contratiempo, a dormir.