Mochilear por Europa: El segundo gran Eurotrip
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Mochilear por Europa: El segundo gran Eurotrip

Era el año 2016, se llegaba el verano en Europa. Ya llevaba alrededor de dos años y medio viviendo, estudiando y trabajando en España, y aunque en ese momento tenía la oportunidad de quedarme a trabajar, ya me habían ofrecido un buen puesto donde había hecho las prácticas de gastronomía, la tierrita, Colombia, ya me estaba llamando, aunque no fuera por mucho tiempo.

La verdad, aunque vivir en España fue una experiencia demasiado buena, nunca tuve ningún problema grande; nunca me sentí mal por haberme ido a España o como a mucha gente que se va y a los días se quieren devolver. Eso no me pasó a mí. Por el contrario, sabía por qué había ido y no podía desperdiciar mis pensamientos pensando en Colombia mientras estuviera en España y Europa.

Pero dentro de todo, y aunque le agradezco demasiado a Bilbao y a España por recibirme, nunca sentí la ciudad como mi verdadero hogar, lo sentí más bien como un hogar pasajero. Pudo ser por el clima retador, su cultura tan diferente, que las personas solían ser cerradas y frías… no sé. Desde un principio el plan era irme a estudiar y volver a Colombia; ya había terminado los estudios y solo me hacía falta una cosa antes de volver: La siguiente gran aventura y volver a mochilear por Europa.

Planeando el viaje: Últimos días en Bilbao

Yo sabía que no podía faltar una última aventura, un último baile, por lo que antes de que se me acabara mi visa tenía que programar lo que iba a ser esa despedida de Europa y volver a mochilear por Europa. Uno de mis mejores amigos de Colombia por ese tiempo estaba viviendo en Londres, Inglaterra, y ya me había ido a visitar a España; él no se quedaba mucho tiempo después de que yo me regresara y también quería mochilear por Europa, por lo que juntos, después de la visita, empezamos a organizar nuestro Eurotrip.

En mis viajes anteriores ya había recorrido un poco del centro y sur de Europa, por lo que esta vez quería ir más arriba. Por lo que agarré Google Maps y empecé a mapear lo que iba a ser este viaje. La ruta era clara: empezar en Noruega e ir bajando por el norte hasta llegar de nuevo a España, pasando por los países nórdicos, Alemania, Holanda, Bélgica, Francia y vuelta a España.

Para este viaje no quería sobrepasarme en gastos; los últimos meses había estado muy juicioso ahorrando en el trabajo para volver a Colombia con algo de dinero. Además, que mi amigo no llevaba demasiado dinero, él sí que estaba un poco corto. Aunque él sabía que no se podía perder el viaje y yo terminé por animarlo y ayudándolo de igual manera por si se quedaba totalmente corto de dinero. Por lo que también con él, de nombre Jacob, habíamos planeado —si se puede decir— acampar en casi todos los lugares donde íbamos a estar.

Aunque realmente es ilegal armar carpa en la mayoría de las ciudades de Europa. Creería que en general en todas, aunque puede que esté equivocado; de todas maneras, en este viaje íbamos a recorrer ciudades, para este viaje no había programado nada de excursiones a la montaña o naturaleza.

Por otro lado, el transporte. Así como lo había hecho con Aran en el viaje anterior (si no lo han visto les recomiendo que lean el blog del primer Eurotrip), la idea era hacer autostop lo que más pudiéramos y así ahorrarnos ese dinero.

Por último, la comida. Después de tener el recorrido sabía que los países que iba a visitar, sobre todo los del principio, eran bastante costosos, por lo que el plan era igual ahorrar lo que más pudiéramos comiendo únicamente en supermercados, al menos al principio, en los países nórdicos que eran los más costosos.

Mochilear por Europa: El segundo gran Eurotrip

La Ruta y la salida

Ya se venía el viaje, y la ruta quedó así: Bilbao (España), Madrid (España), Oslo (Noruega), Estocolmo-Gotemburgo-Malmö (Suecia), Copenhague (Dinamarca), Hamburgo-Bremen (Alemania), Ámsterdam-Róterdam (Países Bajos), Amberes-Bruselas (Bélgica), París-Lyon-Burdeos (Francia), Bilbao (España) y Medellín (Colombia).

Salía de Bilbao hacia Madrid en Blablacar; recuerdo que me costó en ese tiempo como 30 euros. Conseguí un vuelo como de 45 euros de Madrid a Oslo, Noruega, donde me iba a encontrar con Jacobo. El problema era que conseguí uno de esos paquetes mal llamados “lecheros”, esos que pasan por todos los aeropuertos. El tiquete directo para la fecha de viaje me costaba como 150 euros desde Madrid y, por la inexperiencia, al final terminé comprando el barato. Luego es que aprendí a optimizar tiempos y presupuestos.

¿Porque qué pasó? Terminé haciendo una escala en Bruselas de 10 horas que, para rematar, no paró de llover en todo el día, por lo que decidí quedarme en el aeropuerto (además que de igual manera iba a visitar Bruselas luego); y después otras 13 horas de noche en Varsovia, Polonia.
En ese aeropuerto me pasaron par de cosas que ahora, en el recuerdo, me dan bastante risa.

Resulta que, llegando del vuelo, el cual iba completamente lleno, nos bajamos del avión y lo voy a decir sin rodeos: si éramos 200 pasajeros, 198 eran blancos, 1 negro y yo; colombiano, moreno, indio, medio indigente. Pues dejaron seguir a los 198 y nos pararon solo a los otros dos. Se los digo, eso no se siente agradable.

El otro estaba súper bien vestido, súper arreglado, pero bueno, por su color de piel lo detuvieron, igual que a mí. Aunque no fue a mayores, me retuvieron como 20 minutos. La verdad yo no les entendía nada; como les dije en los blogs pasados, apenas y sabía decir “hola” en inglés. Al final, como tenía la tarjeta de residente/estudiante de España, me dejaron seguir. Fue la primera vez que me tocaba ver este tipo de situaciones y discriminación por perfil racial.

De todas maneras, la noche me tocaba allá. Ellos sabían que al otro día tenía un vuelo, no me sentí vigilado ni nada, pero ya al caer la noche estaba en el segundo piso del aeropuerto. Aclaro que no era el principal de la ciudad, era más bien pequeño. En el primer piso estaban los counters de las aerolíneas y las puertas de embarque con las salas de espera; en el segundo piso había unas tiendas y unas cuantas sillas para esperar.

Cuando se hizo de noche el aeropuerto quedó prácticamente vacío. Yo me subí al segundo piso y me acosté en una de las sillas. Ya pasada la noche me dio hambre y la única tienda que estaba abierta estaba al lado de la silla. Yo no sé si fue el sueño también, el cansancio o simplemente me distraje, entré a la tienda y dejé la mochila en la silla donde estaba acostado.

Terrible error. A los 2 minutos tenía a 6 policías alrededor de la tienda gritándome… No les entendía un carajo, jajajajaja. La muchacha de la tienda como pudo me dijo que, si la maleta de afuera era mía, y yo “sí, sí, es mía”, le dije. “It’s mía”, jajaja. Y ya como que ella calmó a los policías y les dijo que me había distraído, que era mía, o eso creo que les dijo. Qué susto, yo dije “aquí fue”. Al final simplemente compré mis cosas y aprendí: nunca dejar las maletas sin supervisión, ni por un segundo.

Al otro día por fin, vuelo a Oslo. Lo bueno fue que el vuelo de Jacob y el mío coincidían en horas, solo me tocó esperarlo como media hora. Y ahora si a mochilear por Europa!

Oslo, una ciudad poco recomendada

Después de encontrarme con Jacob salimos para el centro de la ciudad. Llegamos temprano en la mañana, por lo que literalmente teníamos todo el día. Aunque en principio la idea era quedarnos otro día completo en Oslo (básicamente 2 días y 2 noches y salir al tercer día), qué les puedo decir…

En ese tiempo no era muy normal cargar el celular con datos cuando se viajaba, por lo que lo primero que uno hacía era conseguir un mapa turístico de la ciudad. Hoy se pueden conseguir eSIM para viajar por todo el mundo conectado y planes súper económicos; además que hoy las telefonías europeas ofrecen paquetes muy baratos para viajar entre países, pero en ese tiempo era bastante costoso, ya que todo funcionaba por roaming.

Otro error que yo cometía mucha era no informarme bien de los lugares que iba a visitar, simplemente lo dejaba fluir a ver con qué me encontraba, lo que en este viaje en algunos destinos me pasó cuenta, ya que no fueron los mejores. Hoy les recomiendo mucho que se informen bien; la información está ahí, es demasiado fácil encontrarla y así van a la fija.

Así que fuimos a la oficina de turismo por ese mapa y preguntamos qué había para hacer, y pues qué les digo, todo lo hicimos en ese día. Aunque muy bonito sí, fuimos a la Ópera de Oslo, la fortaleza de Akershus, el parque del Castillo, las afueras del museo de arte moderno y el centro, el cual es más bien pequeño. Y muchachos, la verdad con ese día bastó.

Oslo no es una ciudad súper turística, no es como las típicas ciudades antiguas europeas llenas de historia entre sus calles, o al menos eso sentí. Definitivamente la gente va a Noruega a planes de naturaleza, a ver los fiordos noruegos y las auroras.

Les voy a ser sincero: Oslo no es una ciudad famosa por tener alma, era bastante aburrida y era muy fría para ser verano. Además, Noruega es carísimo. Con solo decirles que en el supermercado compramos un paquete de panes, jamón, queso, un paquete como de Cheetos, una gaseosa de naranja y eso, en 2016, nos había costado más de 30 euros. Así que decidimos que al otro día nos íbamos a Suecia.

Como les dije, se suponía que íbamos a dormir en la calle; la idea era buscar un parque para dormir. La verdad ni miramos cuánto costaba un hostel. Como pude, vi en Google Maps un parque que estaba al lado de un pequeño lago, se veía bien para acampar ahí. Así que fuimos.

El problema: empezó a lloviznar. Y nosotros íbamos a dormir al aire libre. Justo antes del viaje yo había comprado un sleeping bag de esos térmicos que además son semi impermeables, pero Jacob, jajajaja, él había comprado uno como de 10 euros que ni le tapaba la cara, y tenía una estera de esas que uno usa en la playa. La llovizna no era lo suficientemente fuerte como para empaparnos, pero molestaba. Luego se llegó la noche (en verano anochece tarde) y nos fuimos a dormir así con esa brisa, en dos bancas del parque.

La verdad yo ni frío sentí, no fue ni tan mal, pero Jacob no sé cómo salió vivo. Aparte de que le tocó ponerse de todo para el frío, les digo que el verano de Oslo no es verano; en la noche estábamos a 8 grados. En la mañana siguiente su sleeping estaba totalmente mojado y su cara estaba morada del frío. Qué pesar, pero bueno, se nos venía el mejor viaje; una mala noche no nos lo iba arruinar.

Mochilear por Europa: El segundo gran Eurotrip

Salida a Suecia, haciendo autostop

Nos levantamos bien temprano en la mañana, ya estaba aclarando el día, y justo nos llega un yonki (Indigente) noruego. Nos levantamos de una vez, pero del susto; nunca supimos qué era lo que estaba pidiendo (aunque iba súper drogado), pensamos que nos iba a robar.
Ya dijimos: “Oslo fue suficiente, vámonos de aquí”. Nos conseguimos unos cartones para escribir “Estocolmo” y nos hicimos al borde de carretera de camino a la salida de la ciudad; nuestro destino estaba a poco más de 500 km.

Al rato nos paró el primer carro. Nos dijeron que nos podían llevar como una hora, hasta una intersección la cual era la ruta que llevaba a Suecia. Nos montamos al carro y a darle. Estuvimos con ellos unos 50 km y ahí nos dejaron en medio de la nada.

Ahí volvimos y nos pararon unos muchachos iraníes. Iban en un BMW, la verdad que un carro súper bonito, yo no sé qué hacían, igual esos carros allá todo el mundo los tiene. Jacob era el que hablaba con ellos. Nos dijeron que iban a cruzar la frontera y que nos podían dejar en una pequeña ciudad sueca llamada Karlstad, que estaba a unos 170 km más o menos de donde estábamos.
Dijimos “no se diga más” y nos fuimos.

Vean, esos muchachos iban como a 250 km por hora. Yo no sé si no le importaban las multas o si tenía un inhibidor, no sé, porque pasamos muchas cámaras de velocidad y nunca bajó el ritmo. Yo al final simplemente puse mi vida en manos de Dios y me eché una siesta, igual estaba cansado.

Al rato nos dejaron en la entrada a esa ciudad. Estuvimos buscando un buen lugar para hacer autostop, pero era bastante difícil, ya que no habían buenas salidas a la autopista, no habían buenos spots para sacar el dedo y, lastimosamente, en la autopista no se puede hacer. Tratamos un buen rato, varias horas. En serio estuvimos buscando y nadie paraba, la gente antes nos pitaba por lo cerca que estábamos de la autopista y ya cuando se estaba haciendo de noche decidimos irnos al pueblo a ver qué podíamos hacer.

Decidimos irnos en bus, y cuando fuimos a la parada, salía al otro día jajaja, así que compramos el tiquete y a buscar dónde dormir. Recuerdo que nos fuimos a un parque, estaba en una isla del río Klara, Gubbholmen. No había nadie, era un buen spot, el cielo estaba claro y aunque también hacía frío, en este estábamos más protegidos; el parque estaba lleno de árboles.

La noche fue buena, la verdad, aunque la parte chistosa nunca falta. Al otro día nos levantaron un grupo de patos y gansos jajajajaja. Era como si una pandilla de estos nos fuera a atacar; literalmente me levanté con la cabeza de un pato en mi cara.

Salida de Karlstad y llegada a Estocolmo

Nos fuimos de nuestra isla, cogimos el bus de camino a Estocolmo y muchachos, eso sí era una ciudad, ¡qué belleza! Allá íbamos a estar 3 días, aunque al final nos quedamos un día de más.

Jacob había tenido un amorío en Londres con una sueca de la ciudad; ella no estaba, pero nos dio muchos planes para hacer y qué visitar. La verdad es que la ciudad era preciosa, con edificios coloridos. La caminamos por todo lado; el centro o Gamla Stan (como se le dice al Casco Antiguo) no tenía nada que ver con Oslo: había mucho ambiente de verano, la gente en las calles era todo lo que estaba bien.

Con la comida seguíamos con nuestro menú de sándwiches del supermercado con gaseosa, y aunque en Suecia seguía siendo costoso, era menos que Noruega, por lo que ya podíamos “engallarlos” con salami, pepperoni y jamón de mejor calidad.

Una de las cosas que me llamó la atención es que allá no vendían alcohol con más de 3.5 grados los fines de semana. Básicamente lo más fuerte que te podías comprar eran cervezas light, por lo que las compras se debían hacer a más tardar el viernes (y nosotros llegamos un viernes).

Era raro que, al contrario de lo que uno pueda pensar, allá todas las licoreras (las cuales nos decían que eran estatales, o sea del gobierno) estaban cerradas los fines de semana. En los supermercados vendían, pero como les digo, con un porcentaje mínimo de alcohol. De igual manera nosotros íbamos en modo ahorro, aunque sí se nos atravesaron varias cervezas.

El primer día andamos por toda la ciudad, disfrutando de las hermosas calles del centro histórico y alrededores. En la noche nos fuimos a la isla Djurgården, que tiene un parque grandísimo, a pasar la noche. Al segundo día nos fuimos a las playas de la ciudad; aunque no son verdaderas playas ya que Estocolmo no tiene salida directa al mar, sí tienen varias playas artificiales y lugares adaptados para que la gente se meta al agua, y ahí en Djurgården había varias de estas.

Ya para el tercer día volvíamos a la carretera. Hicimos nuestro cartel de Gotemburgo, pero gente, fue imposible hacer autostop. Resulta que no había salidas, o al menos nosotros no encontramos salidas que no fueran autopistas. No teníamos internet y era difícil saber bien por dónde coger. Después de este viaje fue que empecé a descargar los mapas de las ciudades en Google Maps, pero créanme que para esas fechas yo aún era bastante inexperto para viajar, solo sabíamos improvisar.

Por lo que literalmente perdimos todo el día tratando de hacer autostop. Caminamos por horas y al final nos tocó volver a Estocolmo en la noche. Buscamos un lugar para coger WIFI y buscar buses o trenes, y tomamos la decisión de no ir a Gotemburgo. Ya que como teníamos pensado hacer todos esos trayectos en autostop y se nos estaba haciendo tan difícil en Suecia, decidimos mejor no arriesgarnos y después tener que pagar más buses o trenes de camino a Dinamarca.

Por lo que cogimos un billete de bus de medianoche (que de todas maneras nos salió costoso, como 80 euros) y viajar de noche para llegar a Malmö en la mañana, recorrer la ciudad todo el día y en la tarde-noche tomar un tren a Copenhague, que estaba cerca y era uno de los destinos principales del viaje. Esa noche fue la primera noche que no dormíamos en la calle como homeless.

Malmö y cruzando a Copenhague

Llegamos a Malmö bien temprano en la mañana, lo que nos dio suficiente tiempo para darle la vuelta a toda la ciudad. Aunque no les voy a negar que para ese momento ya estábamos bastante cansados, por lo que más que un día de caminata intensa, nos la pasamos descansando en los parques y la playa de la ciudad.

Una ciudad bonita, acogedora, aunque sin mucho que hacer; pero como les comentaba la vez pasada, en ese tiempo todo era muy improvisado, por lo que tampoco sabíamos bien qué había para hacer. Antes de que anocheciera tomamos el tren directo a Copenhague. Ese era uno de los destinos principales, ya van a saber por qué.

Yo tenía 20 años, Jacob tenía 18. Muchachos, no les voy a negar que uno de los motivos principales de nuestro viaje era sentir la libertad, así no tuviéramos mucho dinero; sentir la rebeldía. Y la verdad es que en ese tiempo bastante que sí nos gustaba ponernos a volar con la weed. Resulta que en Copenhague hay un pequeño barrio hippie, Christiania, que es como una pequeña ciudad de marihuaneros dentro de la ciudad, que era una de las paradas principales en todo el viaje.

Aunque yo no fumaba tanto, nuestro amigo sí lo hacía un poco mas, y supuestamente habíamos quedado de estar en abstinencia hasta llegar a Christiania. La idea era no gastar, ya que sabíamos que los gastos grandes —sobre todo en hierbita— se nos iban a ir ya a la mitad y final del viaje; además, como les digo, los precios de TODO en los países nórdicos son extremadamente caros.
Se nos había presentado la oportunidad de pegarle par de caladas anteriormente; en Suecia dos francesas le habían regalado un poquito a Jacob, y unos chilenos que conocimos allá también le habían dado para que pudiera aguantar, pero realmente no le era suficiente jajaja.

Así que lo primero que hicimos al llegar a Copenhague fue irnos directamente a Christiania, que la verdad estaba relativamente cerca del centro. Cuando llegamos estaba oscuro, ya estaba de noche. Jacob llegó preguntando por precios, pero hizo cara como que no iba a comprar; no nos hicieron mucho caso y nos dijeron unos precios absurdos, como un gramo por 50 euros. Lo normal en ese tiempo en Europa eran 10; sabíamos que en esos países era caro, decíamos como que máximo 20, por lo que nos fuimos aburridos a buscar dónde dormir.

Estábamos bastante cansados y nos echamos en una cancha de fútbol al lado de Christiania. Al otro día temprano nos levantaron casi de un balonazo; había unos niños que llegaron a entrenar y empezaron a patear los balones como para hacernos levantar jajajaja.

Ni desayunamos y nos fuimos de nuevo a Christiania. Ya de día el ambiente era diferente, se sentía diferente. Cuando fuimos a preguntar había de todos los precios, igualmente a los precios normales en otras ciudades de Europa; muchas variedades, comestibles, chocolates, de todo lo que uno quisiera hecho con weed. Apenas se nos abrían los ojos jajajaja. Compramos y, como decimos en Colombia, nos fuimos a parchar por el lugar (Parchar: Relajarse, pasar el rato, compartir con amigos).

No sé cómo esté ahora, pero en ese tiempo era bastante parchado el lugar (Parchado: Interesante, divertido, bueno). Dentro no se permitían carros, por lo que todos iban a pie o en bici; había murales por todos lados, comercios hippies, par de restaurantes, una pista de skate al aire libre y otra gigante encerrada. Parce, habíamos llegado a donde era. Ese primer día estuvimos todo el día en Christiania, parchando con los hippies e integrándonos con el lugar.

Cuando nos fuimos a dormir, al lado había un lago. Estaba medio lloviendo por lo que nos hicimos al lado de unos árboles para taparnos de la llovizna. La verdad que el spot era increíble, aparte de que estábamos bien relajados. Cuando al rato llegan unos hombres de color, que me imagino que sí eran verdaderos homeless; yo los vi llegar y vi que se estaban acomodando para dormir ahí también.

Llevaban cartones y cobijas con ellos. No les presté atención cuando uno de estos se le acuesta a Jacob al lado, y ese tipo apenas pega el brinco jajajajaj, empieza a gritar como que qué está pasando. Acto seguido el otro tipo le dice como que se relaje y le abre la cobija como para que se acostara en cucharita con el. Estaba haciendo bastante frío, pero tampoco habíamos llegado hasta allá. Yo sí me partí de la risa, a Jacob casi se lo come un homeless jajajaja.

Como pueden imaginar, Jacob ya no quiso dormir ahí y volvimos a la cancha de la noche anterior. Hay gente que no le gusta Copenhague, dicen que aparte de Christiania no hay mucho para hacer. A mí no me pareció, pero como nosotros estábamos era en plan relajo y planes gratis, lo que hicimos fue caminar por toda la city y literalmente nos conocimos todos los parques de la ciudad, pegando un porrito en cada parque, parchando y riéndonos. Fue un muy buen día.

Esa noche habíamos comprado un tiquete de bus que salía tarde, como a la medianoche; era el último bus. Nosotros ya íbamos de camino para Alemania, a la ciudad de Hamburgo, y muchachos estábamos muy cansados. Nos hicimos al lado de la parada de buses, pusimos una alarma que nunca escuchamos, y claro, perdimos el bus. Más de malas jajajaj.

Ya como que no había nada que hacer, vuelva otra vez a la cancha a dormir jajajaja. Ya no había momento para penas. Recuerdo que al otro día, en un taller de bicis nos dejaron cargar los celulares, compramos un nuevo tiquete y cogimos el siguiente bus que salía en la tarde.

Hamburgo, y ya no quiero ser más homeless

El viaje de Copenhague hacia Hamburgo duró como 6 horas. Fue bueno porque en un momento el bus cogió un ferry y nos pudimos bajar, no se hizo tan incómodo; el barco era grandísimo, con cafeterías, bares y grandes zonas de descanso.

Lo que sí es que llegamos a Hamburgo de noche, y mientras buscábamos dónde dormir, se largó el aguacero. Nos hicimos en un parque debajo de unos árboles al lado de un lago de la ciudad. Yo no sé por qué siempre nos gustaba dormir cerca a los ríos o lagos de las partes donde íbamos, pero siempre dormíamos igual en lugares muy bonitos jajajaj. Pero la noche era fría y la lluvia no lo hacía mejor; esa fue la peor noche de todas. Y con Jacob casi llorando jajaja, decía: “Ya no quiero ser más homeless, ya no más”. Era de joda, pero no tan de joda.

A mí un amigo, el viejo Aran (famoso de los blogs anteriores, que les dije que vivía en Alemania), me había dicho que Hamburgo era una ciudad increíble; nos dio varios consejos de lugares a dónde ir, y como teníamos varios planes dijimos: “Parce, consigamos un hostel al menos por la siguiente noche, que esto está muy duro”. Después de esa noche conseguimos un buen hostel en el centro, dejamos las maletas y nos fuimos a descubrir la ciudad.

Aún nos quedaba bastante hierba de Copenhague, por lo que en vez de descubrir los lugares más turísticos y recomendados (que lo hicimos, pero de caminata y por los laditos), el plan verdadero fue descubrir parques para parchar. Ese día dormimos como reyes, sin frío y en una cama, y al siguiente día salimos para Bremen, esta vez utilizando BlaBlaCar.

(Para los que no saben, BlaBlaCar es una plataforma de viajes compartidos súper popular en Europa. Básicamente, alguien que tiene carro y va para tu mismo destino vende los puestos vacíos del auto a veces a un precio mucho más económico que el tren o el bus. Es genial para ahorrar y conocer gente local).

A Bremen llegamos en la tarde. Ahí ya se nos había acabado todo lo que habíamos traído de Copenhague, por lo que fuimos a buscar dónde. Uno de los muchachos que iba con nosotros en el BlaBlaCar nos había dicho que fuéramos como a una calle que estaba llena de africanos, que ellos eran los que vendían. Conseguimos y nos fuimos a otro parque al lado del río; ahí nos relajamos y pasamos la noche.

Yo no sé si se estarán preguntando cómo nos bañábamos o dónde entrábamos al baño. Éramos homeless, pero homeless limpios jajaja. Aquí les va una recomendación para un viaje así, o una buena información que les puede servir mucho: Algo muy bueno de Europa es que generalmente en las grandes estaciones de trenes y buses hay dónde ducharse; pagas por la ducha y, al menos a nosotros, nos fue muy bien.

Los baños estaban o muy limpios o en buenas condiciones. Otra cosa, baños sí hay en todos lados, pero también entrábamos mucho a malls o centros comerciales, que generalmente tienen baños más limpios.

Bremen es una ciudad pequeña de Alemania, no muy reconocida, acogedora y tranquila. La verdad muy poco turística, pero ahí estábamos nosotros. Ese era el último lugar tranquilo, del lugar donde no habíamos hecho la tarea de mirar qué hacer, pero igualmente la pasamos chill. De ahí ya nos íbamos al main event, al destino principal. Ya habíamos ahorrado bastante, ya habíamos mochileado de la forma más homeless de la vida; ya llegaba el momento de vivir la verdadera locura de este Eurotrip.

Ámsterdam y la gran sorpresa

Salimos de Bremen y nos fuimos al destino que más estábamos esperando, o al menos el que Jacob más estaba esperando jajajaja. Aquí sí habíamos hecho la tarea de ver qué hacer y nos íbamos a quedar 4 días y 3 noches. Salimos bien temprano en la mañana de Bremen para llegar a Ámsterdam lo antes posible. Lo primero que hicimos fue dejar las maletas en un hostel y, obviamente, lo siguiente fue ir a un coffeeshop.
Los precios eran de maravilla, habían de todas las clases, desde 7 euros a 30 euros.

En ese tiempo eran más flexibles para consumir en exteriores, todo el mundo lo hacía; ahora sé que ya hasta te ponen multa por hacerlo. Nos fuimos al lado de uno de los canales, nos compramos par de cervezas, un porrito, y no sé por qué me dio por ver si me podía conectar a alguna red Wi-Fi. Como les decía, en ese tiempo todo el mundo lo que hacía era buscar lugares para conectarse, el roaming salía carísimo.

Resulta que me salió una red y me conecté; era de un restaurante cerca de donde estábamos. No había pasado ni un minuto cuando me entra una llamada del viejo Aran (si no saben quién es, lean los otros blogs, él ha estado bastante presente en casi todos los viajes que había tenido en ese tiempo). Yo le contesto y normal, yo sabía que él en ese momento estaba en Colombia de viaje y él sabía que yo estaba haciendo este viaje.

Llega y me pregunta: “¿Oe, dónde estás?”. Y yo le respondo: “Acabamos de llegar a Ámsterdam”. Y llega y me dice: “Mañana estoy allá”. Y yo le respondí: “¿Qué?”. Y él: “Sí, mañana estoy allá”. Entonces le pregunto: “¿Dónde anda?”. Y él: “En Colombia, ya estoy en el aeropuerto. Estoy cogiendo el avión para Alemania, llego, dejo las cosas y salgo derecho para allá”.
No se imaginan la sorpresa, no nos lo esperábamos para nada. Aran también era amigo de Jacob y parce, fue un momento muy emotivo.

Ámsterdam es una ciudad demasiado cultural. Tiene demasiados museos muy interesantes de todo tipo de arte: que el museo de la Marihuana, que Ana Frank, que Van Gogh, del Sexo, y muchos más que queríamos visitar. El Barrio Rojo, la fiesta, los parques, los coffeeshops… No nos alcanzaba el tiempo y el dinero para tanto. Además, que, como les decía, en ese tiempo no había tantas restricciones de nada, podías fumar y tomar y nadie te decía nada.

Con Jacob nos relajamos antes de que llegara Aran y al siguiente día lo fuimos a recoger a la estación de trenes. Nos habíamos cambiado de hostel y salimos en búsqueda de aventuras. Gente, no les voy a negar, fue una completa locura. Aran no había probado la weed antes, y nos dijo que él obviamente en Ámsterdam lo tenía que hacer.

No se imaginan las risas que nos metimos. Nos recorrimos la ciudad de punta a punta; esta vez sí hicimos planes culturales, entramos a varios de los museos que les comenté ahora y, aparte, probamos hongos en un parque donde se supone todos iban a relajarse y tener su experiencia. Ya se imaginarán el viaje.

El viejo Aran no resistió el voltaje y literalmente estuvo un día y medio completo dormido; nos tocaba llevarle la comida al hotel. No estaba enfermo ni nada, o tal vez si, solo que la weed y los hongos lo mandaron a dormir jajajajaj. A él le llevábamos la comida al hostel, comía y volvía a dormir jajaja. Esa última noche que nos quedaba juntos conocimos a otros colombianos que estaban en la misma habitación que nosotros y nos fuimos de “último baile”.

Parce, qué locura de viaje, qué locura de lugar. Es uno de los lugares que yo digo que tengo que volver, aunque hoy en día esos tiempos de locura ya pasaron. Esa ciudad es una de esas que, independientemente de si te gusta el alcohol, la weed o esas cosas o no, tiene tantas cosas para hacer, tantas historias por contar, tanta cultura.

Chao, Jacob, Chao Aran y seguimos a Róterdam

Mis amigos se iban. Aran volvía a trabajar a Alemania y Jacob se devolvía a Londres; para mí, apenas se estaba poniendo bueno. Mi viaje apenas iba por la mitad, aún me quedaba bastante recorrido. Nos despedimos, cada uno se fue para su casa y yo tomé un BlaBlaCar a Róterdam.
El viaje ya se había convertido de “Viaje por Europa” a “Fuma por Europa”. Aunque en Róterdam también era permitida la marihuana, no tenía ese ambiente tan de fiesta como Ámsterdam.

La ciudad tiene una historia muy triste. En la Segunda Guerra Mundial el centro fue destruido casi al 100%. En pie solo habían quedado par de construcciones, como la Iglesia de San Lorenzo.

Para que se hagan una idea, el 14 de mayo de 1940, la fuerza aérea alemana bombardeó la ciudad sin piedad para forzar la rendición de los Países Bajos. En solo 15 minutos, el corazón histórico de Róterdam fue arrasado, reduciendo a escombros miles de edificios y dejando a decenas de miles de personas sin hogar. Fue un evento devastador que borró el pasado medieval de la ciudad en un abrir y cerrar de ojos.

El único edificio medieval que sobrevivió milagrosamente en el centro fue la Grote of Sint-Laurenskerk (Iglesia de San Lorenzo). Aunque quedó muy dañada y a punto de ser demolida, decidieron restaurarla como un símbolo de resiliencia entre las cenizas. Hoy en día, ver esa iglesia antigua rodeada de rascacielos y arquitectura futurista es un contraste brutal que te recuerda lo que la ciudad perdió y cómo supo renacer.

Por eso la ciudad es muy moderna, nada que ver con el resto de la mayoría de las ciudades europeas. Como siempre, yo me quedaba 3 días y 2 noches, y la siguiente ciudad fue Amberes, en Bélgica.

Amberes y el error

Muchachos, llegué a Amberes, Bélgica. Ya estando solo y teniendo internet en los hostales donde iba, podía mirar algo de las ciudades que iba a visitar; ya solo no quería improvisar tanto. De igual manera, como Jacob estaba también un poco corto de dinero en el viaje, no habíamos podido hacer tantas cosas, sobre todo porque los países que habíamos visitado, especialmente los nórdicos, eran extremadamente costosos.
Bélgica se veía que no era tan costoso.

En Amberes había conseguido el hostel más económico que había conseguido hasta ese momento: 7 euros la noche. Eso no era nada, aunque fue el peor error de todo el viaje. Como mal viajero no me dispuse a leer reseñas, ni a mirar bien cómo era. Sí había visto que era una sola recámara con más de 60 camas, pero dentro de mí dije: “No, esto debe ser un error de Hostelworld o algo”. (Para los que no la ubican, Hostelworld es la plataforma más famosa del mundo para buscar y reservar hostales; es básicamente la herramienta número uno de cualquier mochilero para encontrar dónde dormir barato).

Resulta que el hostel estaba en lo que era como la cancha de un antiguo colegio. Efectivamente el dormitorio era solo uno; las camas eran simplemente colchonetas por todo el piso recubiertas de plástico que, además de que daban demasiado calor, sonaban cuando uno se movía. Los baños eran los de la cancha, háganse de cuenta los baños de un colegio común y corriente. Y muchachos, la gente que estaba allá… me había metido literalmente como en un campamento de refugiados. Yo no vi turistas, parecía que yo era el único; muchos sirios, africanos, pero nadie con cara de turismo.

La ciudad en general, aunque bonita, era bastante aburrida (varios me lo dijeron, aunque de todas maneras decidí ir). El primer día ya había recorrido todo el centro histórico y había subido a la noria o rueda de Chicago gigante que hay en el centro de la ciudad. Todos me recomendaban el ZOO, aunque para serles sincero yo no soy muy fan de los zoológicos, a menos que sean parques de conservación o centros de rescate de animales, por lo que pasé de ir allá.

Al segundo día ya no tenía nada que hacer. Muchas veces ni siquiera es tanto el lugar; viajando uno siempre hace amigos, y así sea tomándose un café en la plaza de la ciudad se pueden tener buenos momentos, pero eso no fue lo que pasó: el ambiente en el hostel era triste y la ciudad también era más bien apagada.

Bruselas y cambio de ambiente

Salimos de Amberes a Bruselas. Hasta ese momento, la ciudad más multicultural que había conocido de Europa… o no, la cosa es que allá no se veía ningún europeo. El centro está lleno de negocios de muchos países de África y países árabes; no sabías quién era de Bruselas y quién no. Una ciudad de grandes contrastes, un poco desordenada y sucia, pero como les digo, muchas veces ni siquiera es el dónde, sino el con quién.

Llegué al hostel y salí a dar el paseo. Resulta que había como un festival de reggae en una de las plazas principales de la ciudad y yo dije: “fijo aquí puedo conseguir algo de weed“. Y cómo es que veo a un tipo en una bicicleta con la gorra de Atlético Nacional, mi equipo de fútbol de Colombia. Lo llamé y efectivamente era colombiano, vivía allá y me presentó a toda la banda de colombianos de Bruselas.

La verdad no se veía que fueran las mejores personas, al menos no las más legales jajajja. Ellos me consiguieron la weed y estuve con ellos hasta la tarde-noche, pero el ambiente con ellos estaba pesado; sí consumían otro tipo de sustancias y pues yo nunca fui de nada más allá de la weed. Por lo que tan pronto se dio el momento, salí y me fui.

Volví al hostel y ahí conocí a dos amigos, uno de la USA y otro de Portugal. Salimos a comer y a tomar algo y con ellos se hizo el paseo; muy buenos recuerdos con mis amigos, aunque al gringo no le entendía nada. El portugués al menos sí sabía hablar español e inglés, por lo que si algo, traducía las conversaciones.

Con ellos salimos de fiesta. Al otro día fuimos al Parc du Cinquantenaire, al Palacio Real de Bruselas y al Atomium. Para que se hagan una idea, el Parque del Cincuentenario es un parque inmenso con un arco del triunfo gigante que celebra la independencia belga, y el Palacio Real es puro lujo, el lugar de trabajo del Rey. Pero lo más loco es el Atomium, una estructura futurista construida para la Feria Mundial del 58 que es básicamente un cristal de hierro ampliado millones de veces.

La segunda noche también salimos y se armó el parche. Bruselas fue un muy buen lugar; no es la ciudad más organizada, esa fue una de esas ciudades donde ves la inmigración en su máximo esplendor, pero también una ciudad llena de historia, monumentos y cultura.

París, la ciudad de las mil cosas para hacer

París es una de esas ciudades que la amas o la odias. Hay gente que dice que se aprovechan de los turistas, que es muy costosa, que los franceses son groseros… Y es que la verdad, yo sentí todo lo contrario.

Ya había tenido la oportunidad de ir a París un par de meses antes, donde estuve 5 días, y sentía que esos 5 días no habían sido suficientes. En el primer viaje había tenido la oportunidad de conocer bastante de la ciudad: subir la Torre Eiffel, entrar a Notre Dame, hacer un tour nocturno de viejas historias sobre la Edad Media, brujería y ultratumba, tour por las catacumbas, Disneyland, caminar por todo el centro y sitios turísticos, tour en barco por el Río Sena, visitar el Arco del Triunfo, el Museo del Louvre… y muchachos, aun así, sentía que me faltaba. Así que volví por 3 días y 2 noches más.

Me dije: “vamos a explorar los alrededores y lugares faltantes”. Lo primero que hice fue comprar el ticket de metro de 3 días (recomendado si van a ir varios días). De ahí busqué por internet dónde conseguir “ya saben qué” y me dispuse a ir a un barrio de africanos que había visto por internet a comprar “ya saben qué”. Eso sí, carísimo, y vendían era “chocolate” (hachís) jajaj; ese viaje fue muy loco.

Me esperó la Basilique du Sacré-Cœur de Montmartre, esa basílica blanca en la cima de la colina con una de las mejores vistas de todo París y un ambiente súper bohemio. Luego el Palacio de Versalles, que es el símbolo del lujo extremo de los reyes franceses con jardines infinitos. También el Panteón de París, un mausoleo imponente donde están enterrados los grandes héroes de Francia, y la Ópera Garnier, que es pura elegancia y oro, el lugar que inspiró “El Fantasma de la Ópera”. Y claro, volver a tomar las fóticos a la Torre Eiffel.

Aunque la primera vez había ido acompañado y esta segunda vez había ido solo, para esta ocasión no necesité compañía. París es y será una de las ciudades más increíbles de Europa y del mundo. Demasiada belleza, demasiada cultura, demasiadas cosas para hacer.

Y sobre los mitos de que los franceses son muy mala gente, que es caro, que es peligroso, puede ser cierto, pero como en cualquier ciudad capital del mundo… Mi recomendación es evitar trampas para turistas, como esos restaurantes con terrazas justo al lado de lugares súper turísticos (se come mal y caro). Mejor ir a los barrios de los alrededores a comer. Evitar vendedores ambulantes, suelen ser estafadores. Y guiarse mucho de las calificaciones de los establecimientos en Google Maps o TripAdvisor. No escoger un lugar “porque sí”; no se sabe las sorpresas que estos puedan traer.

Lyon y el amor de verano

Resulta que la siguiente parada era Lyon, otra de esas ciudades hermosas de Francia, con un centro histórico hermoso donde se respira amor jajajaj. Podría decir que es una de las ciudades más bellas de Francia, aunque en general la gran mayoría lo son.

Había salido de París un poco tarde, por lo que había llegado a Lyon como a las 7 p.m. Aún era de día; en ese momento, en ese lado del mundo, estaba anocheciendo hasta a las 10 p.m. Llego al hostel y les digo de una vez: yo no estaba buscando nada. Me pegué una ducha e iba a salir a buscar de comer, entro al cuarto y en ese momento me llama mi viejo desde Colombia. Mientras hablaba por celular entra una chica, una francesa de esas bonitas, rubias, que imponen; esas que uno no se imaginaría que pudiera pasar algo.

Resulta que cuelgo el teléfono y me habla y me dice: “Ay hola, ¿cómo estás? ¿Hablas español?”. Jajaj pues si no se nota… obviamente no le respondí eso, solo lo pensé, y le dije: “Ah bien, ¿y tú qué? Sí, sí hablo español”. Se veía que hablaba bien el español; me contó que había vivido en España unos meses y que en el colegio también había visto clases. Hablamos por 5 minutos y me dijo: “Ven, te presento a mis amigos”.

Muchachos, llegamos como al comedor del hostel y había 3 tipos. Ellos estaban de nómadas digitales, andaban trabajando y viajando. Hasta ese momento eso no era muy común como ahora, que es tan fácil trabajar y viajar por el mundo de esa manera; me atrevería a decir que era la primera vez que lo veía de primera mano. Sabía que ya estaba cogiendo fuerza, pero aún no conocía a nadie que lo hiciera. Había un brasileño, un argentino y un venezolano. La verdad el venezolano estaba más bien suave, pero los otros dos tipos eran grandes, de gimnasio, pintosos. Digo esto y ya van a saber por qué.

Mi nueva amiga llega y dice: “Me voy a tomar una ducha y ya vuelvo”. Me dejó ahí y entonces ellos empiezan a hablar de ella: que le habían estado cayendo o coqueteándole cada día uno diferente a ver cuál caía, y que a ninguno le había prestado atención. Que ellos creían que ella era lesbiana. Yo como que, bueno, pues la verdad no estoy como en búsqueda de eso, entonces qué más da.

Seguimos hablando y pues, muchachos, me dio por preguntarles dónde podía conseguir weed. Resulta que llegó un polaco; tenía una bola de hachís que, sin mentirles, costaba por ahí unos 120 euros. Yo por molestar le dije que me la dejara en 30 (eso que el tenía era demasiado, es más, les digo de una vez que eso me duró hasta el final de todo el viaje, como una semana y media más, se me acabó un día antes de volver a Colombia). El tipo me dice que no, que era muy poquito, que era demasiado… y yo le dije que no.

Realmente yo le quería decir que me vendiera más poquito, pero en esas el venezolano se metió y le dijo al polaco como que me lo diera, que después cuadraban, que ese precio estaba bien. El “polaquito” apenas abría los ojos y decía que no, qué pesar jajajaj. Yo creo que el otro no sabía lo que él tenía en la mano. Todo pasó muy rápido; yo cogí la bola de chocolate, le di el dinero y me fui a comer. Él medio hablaba español y solo recuerdo que me dijo con carita de perro como: “Porfa, cada que vayas a fumar dame” jajajja. Yo no entendía qué había pasado.

Ellos me dijeron como que después de las 10 p.m. hacían una fiesta de integración en el hostel con todos los viajeros, entonces les dije que iba a ir a comer y luego volvía. Salí, comí y amigos… se prendió. Hicimos una colecta como de a 20 euros cada uno y trajeron no sé cuántas botellas de licor.

Y bueno, entre un shot y puros juegos se me sienta la francesa al lado y, ahí hablando, me pregunta que quién me gustaba. Yo me río y le enseño una niña que estaba ahí con nosotros (si no mal recuerdo era de Estonia, súper linda). Cuando le digo, ella me responde: “Ay, a mí también me gusta ella”.

¿Y yo como quéeee? Pensé en los otros tipos y me dije: “Ah, sí era lesbiana”. Jajaja cuando inmediatamente me dice lo siguiente (hago un paréntesis porque estas son las cosas que pasan una sola vez en la vida, o al menos a los hombres mortales care indios como yo jajaja). Entonces me dice: “Sí, a mí me gusta ella, pero también me gustas tú”.

Y yo me dije: “¿Quéeeee?”. Sin dejarme decir absolutamente nada me suelta la última bomba: “¿Y no te gustaría hacer un trío?”.
Amigos, yo me quedé helado. Yo no sabía qué hacer, dónde meterme; o sea, yo eso solo lo veía en las películas. Yo le pregunté: “¿Y cómo? Yo no sé si yo a ella le gusto… por otro lado, ¿cómo se lo voy a decir?”. Por lo que ella responde: “Tranquilo, déjame yo le hablo. Le voy a decir que le gustas y le vamos entrando”.

“El mejor día de mi vida”, me dije a mí mismo. Ella fue y le habló de mí, y pues qué muchachos… este colombiano estaba en su peak: le dijo que yo también le gustaba. Yo para ese momento ya no sabía qué estaba pasando. La niña estonia se hizo a mi lado; con ella sí no podía hablar nada, yo a duras penas sabía un poquito de inglés, pero ustedes saben que después de 3 shots el que habla es el idioma del amor. Par de picos y todo iba bien, hasta que la estonia se metió mera borrachera y le tocó a la amiga llevársela a vomitar, y todo el plan se nos fue al carajo.

Aunque obviamente la cosa no quedó ahí. La francesa tenía unas ganas insaciables de este personaje. No voy a entrar en detalles, pero se hizo en un garaje, en los baños del hostel, en un parque, hasta en el cuarto que compartíamos con otras 10 personas jajajaja. Yo nunca había sentido esa adrenalina, esa sensación. Fue una de las experiencias más locas de mi vida. Y eso que solo era la primera noche.

Al siguiente día salimos con el venezolano a conocer la ciudad, a caminar, a descubrir Lyon, y apenas el amigo venezolano me decía: “¡Esoooo campeoooonnn!” jajajaja. Lyon fue una experiencia y una ciudad que jamás voy a olvidar. Al siguiente día me despedí de mi francesa y obviamente la invité a Colombia; las puertas estaban abiertas para otra aventura que se las dejo para otra historia.

Burdeos enfermo, vuelta a Bilbao y regreso a Casa

Mi última parada era Burdeos, antes de volver a Bilbao y posteriormente a Colombia. Pero ¿cómo es que llego a Burdeos en la tarde-noche y al segundo día me enfermo? Muchachos, de esa ciudad poco les puedo contar; casi no salí. Me había levantado medio mal.

Recuerdo que el centro era bonito, como siempre en Francia. Sí había varios lugares que tenía ganas de visitar, pero me dio una amigdalitis y tenía un dolor de garganta y dolor en todo el cuerpo que no me dejó disfrutar. Apenas y pude salir a comer, y dolía demasiado. Casi no la cuento. Al tercer día volví a Bilbao.

En Bilbao tuve la última semana. Estuve enfermo los dos primeros días y luego, al final, ya estando mejor, me pude despedir de todos mis amigos y familia, y disfrutar de lo último que me quedaba en esa ciudad bonita que había sido mi hogar durante los anteriores casi 3 años, para luego volver a Colombia después de mochilear por Europa por segunda vez.

Conclusiones: Lo que aprendí (y lo que ustedes deben evitar)

Lo barato sale caro (Vuelos): Ojo con los “vuelos lecheros” que paran en todo lado. A veces por ahorrarte 20 euros terminas durmiendo en sillas de aeropuerto y perdiendo 2 días de viaje. Valoren su tiempo y descanso.

Investiguen el destino: No improvisen al 100%. Me pasó en Oslo (buscando ciudad cuando era naturaleza) y en Amberes (por no leer reseñas). Unos minutos en Google les salvan el viaje.

Camping Urbano vs. Realidad: Muchachos, acampar en parques de ciudad es ilegal en casi toda Europa. Si lo van a hacer (bajo su riesgo), prepárense para el frío (incluso en verano en el norte) y lleven un buen sleeping bag. El equipo barato los hará sufrir.

Seguridad Aeroportuaria: Nunca descuiden su maleta en un aeropuerto, ni por un segundo. En Europa se toman muy en serio las amenazas de bomba y pueden terminar rodeados de policías como yo en Varsovia.

Alojamiento: LEAN LAS RESEÑAS. Mi error en Amberes de meterme en un “refugio” por ahorrarme unos pesos me costó la tranquilidad. A veces pagar 5 euros más vale la pena por un lugar limpio y con buen ambiente.

Cuidado con las sustancias: Si van a Ámsterdam o sitios liberales, conozcan sus límites. Mezclar cosas o probar por primera vez lejos de casa puede hacerles perder días enteros de viaje o meterse en situaciones densas.

El Mito de los Franceses: Quítense la idea de que son groseros. Si uno llega con buena actitud y respeto, Francia es un lugar increíble y la gente es amable.

Escuchen a su cuerpo: Al final del viaje las defensas bajan. Coman bien, duerman cuando puedan y no se exijan al máximo si se sienten mal, o terminarán con amigdalitis perdiéndose una ciudad entera.

Agradecimientos:

Y bueno amigos, aquí termina este relato. Gracias a los que leyeron cada capítulo, desde las dormidas en los parques con patos en Suecia hasta el romance de película en Lyon. Espero que mis errores les sirvan para sus futuros viajes y que mis historias los motiven a salir, a mochilear por Europa y a vivir el mundo, sin importar si tienen mucho o poco presupuesto.

Viajar no es solo ver monumentos, es dormir incómodo, es reírse con amigos, es perder un bus, es enamorarse 24 horas y es volver a casa con la maleta llena de recuerdos.

¡Nos vemos en la próxima aventura!

Pasar de dormir en parques a viajar como un experto me tomó años de ensayo y error. Ustedes no tienen que pasar por lo mismo; ya yo cometí las novatadas para que ustedes no tengan que hacerlo.

Todo lo que sé sobre planear, ahorrar y viajar seguro lo condensé en mi eBook Viajero Inteligente. Es la guía que me hubiera gustado tener antes de salir a este Eurotrip.

¿Quieren más historias y tips en tiempo real? Nos vemos en Instagram para seguir viajando juntos.

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