Viajar por españa
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Viajando por España

Nuevo país, nuevos viajes, nuevo hogar:

En Bilbao, España, viví desde principios de 2014 hasta finales de 2016, una etapa en la que descubrí lo que realmente significa viajar por España. Fueron casi tres años en los que pude recorrer desde los pueblos costeros cercanos a Bilbao hasta ciudades al otro extremo del país, viviendo experiencias que marcaron mi forma de ver el viaje y la vida.

El primer año fue más que todo de adaptación: era la primera vez que estaba tan lejos de casa, y entre el trabajo los fines de semana y los preparativos para entrar a estudiar mientras esperaba la visa de estudiante, no tuve mucho tiempo para viajes largos. Aun así, aproveché para recorrer la ciudad y los pueblos cercanos a Bilbao.

Mis salidas eran principalmente para conocer las costas cercanas, visitando los pueblos de Castro y Laredo, y al otro lado, los de Algorta, Larrabasterra y Plentzia. Hasta hoy guardo un cariño enorme por esos lugares, y no es para menos: playas espectaculares, grandes acantilados y una belleza natural impresionante.

Dato curioso: en muchos de esos sitios se grabaron escenas de Game of Thrones, especialmente en San Juan de Gaztelugatxe, que en la serie representaba Rocadragón.

A pesar del clima del norte, donde la lluvia es cosa de casi todos los días, la vibra costera de esos pueblos era increíble. Había algo en ese ambiente que me hacía sentir libre, aun cuando todavía me estaba acostumbrando a una nueva vida y una nueva cultura.

viajar por España – vista acantilados

Descubriendo el País Vasco:

La primera vez que salí de los alrededores de Bilbao para empezar a viajar por España fue para visitar la hermosa ciudad de San Sebastián, otra joya del País Vasco. Su playa justo al lado del centro, el río que la atraviesa y el paisaje urbano tan ordenado y elegante la hacían ver de película. Si alguna vez visitan el norte de España, San Sebastián es una parada obligatoria.

viajar por España – vista de San Sebastián

Visitar esa ciudad y ver lo fácil que era moverse en carretera, en comparación con Colombia, me abrió los ojos. Las autopistas españolas eran amplias, seguras y rápidas. Eso me animó a ir más lejos y descubrir otros pueblos como Irún, que queda justo en la frontera con Francia. Cruzando esa frontera comencé a conocer el País Vasco francés, donde visité lugares encantadores como Hendaya, San Juan de Luz, Biarritz y Bayona, todos con una mezcla única entre lo francés y lo vasco, con playas hermosas y calles llenas de historia.

Eran trayectos cortos, pero llenos de paisajes espectaculares. De Bilbao a San Sebastián hay solo unos 100 kilómetros, y hasta la frontera unos 120. En Colombia, una distancia así podría tomar fácilmente más de tres horas; en España, me demoraba apenas una.

Además, el tren ofrecía una alternativa igual de buena, con vistas impresionantes, aunque un poco más lento. Podía recorrer el triple de lugares en un solo día comparado con lo que se logra en un viaje similar en Colombia. Eso me hizo darme cuenta de lo privilegiado que era moverse por Europa, donde cada trayecto es una oportunidad para conocer algo nuevo.

Madrid, mi ciudad:

Llegó el verano y con él muchísimo trabajo, pero justo al terminar las vacaciones, antes de empezar mi primer año de gastronomía, tuve la oportunidad de seguir viajando por España e ir por primera vez a Madrid, a la casa de un amigo que había conocido en Bilbao.

Y les digo la verdad: esa ciudad se robó toda mi atención desde el primer momento. No sería la última vez que la visitaría.
Nunca había conocido una ciudad tan multicultural y con tantas cosas para hacer. Su centro está lleno de vida, con bares, tiendas, parques, mercados y una energía constante a cualquier hora del día. Además, el clima era mucho más agradable que en el norte de España, donde la lluvia no da tregua.

En esa época yo era bastante fiestero, pero en Bilbao nunca pude “entrarle” bien a la rumba. Allá la gente era más cerrada, el ambiente en las fiestas se sentía pesado. Los hombres casi no bailaban con las mujeres y si uno se atrevía a invitar a alguien, te miraban como si estuvieras loco. Y bueno, para ese entonces los colombianos no estaban “de moda”.

Mucha gente todavía creía que allá no había ni electricidad en las ciudades, y en redes sociales no se mostraba tanto el país como ahora. No les voy a mentir, muchas veces se sentía xenofobia, pero eso nunca me quitó las ganas de disfrutar y conocer.

Madrid, en cambio, fue todo lo contrario: una ciudad abierta, cálida, llena de gente de todas partes del mundo. Me recibieron de una forma increíble. Conocer tantas culturas me hizo sentir que ese era el lugar perfecto para mí.

Después de esa primera visita, volví cada dos o tres meses. Madrid se volvió mi lugar de escape, una ciudad donde me sentía libre y donde cada visita traía una nueva historia, un nuevo grupo de amigos además de días y noches distintos por descubrir.

Segundo año en España, pero pocos viajes por el país:

El segundo año viviendo en España no fue precisamente el de los grandes viajes dentro del país, pero cada vez que podía aprovechaba para viajar por España, aunque fueran escapadas cortas. Entre el estudio y el trabajo el tiempo libre era casi inexistente, y las horas en la escuela de gastronomía y los turnos en el bar me dejaban sin energía. Solo salía de vez en cuando a los pueblos que ya conocía y visitaba con frecuencia.
Además, en verano de ese año hice mi primer Eurotrip, del que ya les hablé en otro blog.

Aun así, hubo un viaje que se quedó grabado en mi memoria: fue cuando llegaron unas primas que vivían en Londres. Y no les voy a mentir… ¡les encantaba la rumba!

En seis días conocimos todas las discotecas de Madrid y Barcelona: tres días en cada ciudad. Fue un viaje de locura, lleno de risas, guayabo e historias inolvidables.

Hicimos varios pubcrawls, que para quienes no lo sepan, son recorridos organizados por distintos bares y discotecas en una misma noche, donde un grupo grande de personas en su mayoría turistas va de un sitio a otro con descuentos en bebidas, juegos y música. Ideal para conocer gente de todo el mundo.

Y bueno… entre esas noches aparecieron un par de historias que merecen mención. Una canadiense con la que apenas nos entendíamos, pero que me enseñó que el lenguaje del amor no necesita traducción jajaja; y una alemana que sí hablaba español y con quien seguí en contacto después. Historias de viaje que uno no olvida.

De Barcelona solo puedo decir que fue un sueño. Aunque apenas conocí Las Ramblas, la Barceloneta, el Camp Nou, la Sagrada Familia y las veinte discotecas que visitamos, me pareció una ciudad de película. Ese ambiente fiestero, el calor mediterráneo y la mezcla de culturas la hacían única. Fue una etapa de pura diversión, juventud y libertad.

Tercer año: No me podía ir de España sin un gran viaje!

Llegaban las vacaciones de Semana Santa y ya sabía que ese sería mi último año en España. Me habían dado, además de la semana festiva, una semana extra de vacaciones, así que tenía dos semanas completas para viajar por España y hacer un último gran recorrido. No lo dudé ni un segundo: pedí las dos semanas libres en el trabajo, agarré mis maletas y empecé a planear mi ruta por el sur del país.

Salí de Bilbao hacia Madrid por unos días, y desde allí conseguí un vuelo súper barato como de 20 euros a Sevilla.

Desde el primer día en la ciudad conocí gente de distintas partes del mundo. Salimos de fiesta, fuimos al karaoke, y durante el día me dediqué a explorar cada rincón. Qué belleza de ciudad.

No sé qué tiene España, pero todas sus ciudades parecen diseñadas para enamorar. Sevilla no fue la excepción: La Plaza de España, el Palacio Real Alcázar, la Torre del Oro, el paseo junto al canal de Alfonso XIII y su casco antiguo son simplemente espectaculares.

La gastronomía era otro nivel, las tapas una locura, y la diversidad cultural se sentía en cada esquina. “Buah, chavales,” como dirían allá, qué maravilla de lugar.

Marbella, el error:

Dejé Sevilla y me fui a Marbella, y bueno… error.
Aunque la ciudad era bonita y con ambiente elegante, todavía no era temporada de playa. Había gente metiéndose al mar, pero muchachos, yo vengo de tierra tropical, de playas donde el agua es tibia… y allá estaba helada.
El clima aún era frío para meterse al mar y me pegaba duro y, para completar, la ciudad estaba casi vacía. Después supe que Marbella solo vale la pena en verano.

En el hostel donde me quedé estaba completamente solo en una habitación compartida para seis personas. Y claro, me había reservado dos noches no sé por qué siempre me quedaba tres días en cada ciudad, así que tocó aguantarlas.

Al menos alquilé una bicicleta y fui hasta Puerto Banús, un puerto lleno de yates, carros de lujo y gente con pinta de millonaria. Yo, medio mochilero e indigente, marcando la parada por ahí entre los Ferraris y Lamborghinis jajaja.

Fue una experiencia curiosa, pero de esas que uno dice: “Bueno, ya, esto no era lo mío”.

Granada, mi ciudad favorita:

Dejé Marbella y tomé rumbo a Granada, donde tenía un amigo de la infancia estudiando en la universidad. Él justo estaba por salir de vacaciones, pero alcancé a visitarlo antes, y menos mal, porque esa ciudad me voló la cabeza.

Granada tiene algo especial, una energía diferente. Es una ciudad universitaria donde todo gira alrededor de los estudiantes, y eso se siente en las calles, los bares y el ambiente joven que la rodea. Además, para ese momento, era sorprendentemente económica comparada con otras ciudades de España: comer fuera no costaba una fortuna y los bares eran una maravilla.

Me enamoré de la ciudad desde el primer paseo. La Alhambra parecía sacada de un cuento medieval, con sus jardines, torres y muros que guardan siglos de historia. Desde lo alto, las vistas hacia la Sierra Nevada, con sus montañas aún nevadas, eran un espectáculo. Y ese contraste entre la arquitectura árabe y la española hacía sentir que uno estaba cruzando culturas en cada calle.

Yo tenía apenas 19 años y estaba viviendo una de las mejores etapas de mi vida. Las noches eran de fiesta, con mis amigos y conociendo gente nueva; los días, de caminatas y descubrimientos. Fue una mezcla perfecta de juventud, historia y diversión.

Si me preguntan cuál es mi ciudad favorita de España, no lo dudo: Granada. Tiene alma, tiene ritmo y tiene magia.

Última parada: Valencia

Me despedí de mi amigo en Granada, aunque sinceramente me hubiera quedado más tiempo. Pero ya la ciudad se estaba vaciando: los estudiantes volvían a sus casas o se iban de vacaciones. Así que tomé rumbo a Valencia, sin saber que llegaría justo en una de las semanas más importantes del año: Las Fallas.
Y amigos míos… esa ciudad estaba en una sola fiesta.

Conseguí un hostel en pleno centro, y por donde caminara había música, pólvora, desfiles y enormes figuras de cartón y madera decorando cada esquina. Las Fallas son las fiestas más grandes y tradicionales de Valencia, celebradas en marzo para despedir el invierno. Durante varios días, los barrios se llenan de desfiles, luces, fuegos artificiales, conciertos y las famosas “fallas”: monumentos gigantes que representan escenas humorísticas, políticas o culturales, y que al final del festival son quemados en un impresionante espectáculo de fuego.

Me encontré con una ciudad completamente viva, llena de alegría y tradición. Comidas típicas por todos lados, sobre todo paellas cocinadas al aire libre, y calles repletas de gente. Era el cierre perfecto para mi Spanish trip.

El primer día me recibieron con la Mascletà, un evento diario durante Las Fallas en el que el protagonista no es el fuego, sino el sonido. Es un espectáculo pirotécnico donde el ruido de los petardos retumba por toda la ciudad durante varios minutos.

Se los juro, ese día estaba cansado, pero ya en la noche, paseando por las Torres de Serranos, le pedí a un grupo de amigos que me tomaran una foto. Me la hicieron, hasta se tomaron una conmigo jajaja y luego me invitaron a salir con ellos. Terminamos de fiesta toda la noche.
Valencia me regaló nuevos amigos, risas, momentos únicos y una energía que todavía recuerdo.

En mi penúltimo día hice un paseo por la playa y luego visité la Ciudad de las Artes y las Ciencias, un lugar impresionante con una arquitectura futurista que parece de otro planeta.

Esa noche, el hostel organizó una integración y salimos todos a un pubcrawl por Valencia un recorrido por distintos bares— con viajeros de todo el mundo. Fue la despedida perfecta para cerrar mi viaje por España.

Últimos paseos por España:

Después de volver de Semana Santa, me quedaban las últimas semanas de estudio antes de empezar mis tres meses de prácticas en un restaurante. Ya había terminado todas las materias, y en la escuela de gastronomía solo asistíamos para hacer servicio en el restaurante que tenían allá.
La verdad, casi nunca faltaba a clase, ni siquiera los lunes después de las fiestas del domingo cuando cerrábamos el bar donde trabajaba y nos quedábamos hasta la madrugada tomando cerveza. A esas alturas, ya sabía que mi etapa de viajar por España estaba llegando a su fin, pero quería aprovechar cada momento antes de regresar a Colombia.

Pero ya con todo listo, viendo que muchos compañeros faltaban seguido y que yo tenía asistencia perfecta, me dije: “Agh, si todos faltan… pues vámonos a pasear un día a la semana”.

Así que en cada lunes de las últimas tres semanas me escapé a conocer tres ciudades del norte que tenía pendientes: Vitoria-Gasteiz, Pamplona y Santander.

Vitoria-Gasteiz
La primera fue Vitoria-Gasteiz, la capital del País Vasco. En ese momento era conocida como la Capital Verde Europea, y entendí por qué. Está rodeada de parques, zonas verdes y ciclovías, y todo está tan bien cuidado que parece sacado de una maqueta.
El casco antiguo tiene un aire medieval, con calles empedradas y bares escondidos entre edificios históricos. Además, es una ciudad tranquila, ideal para caminar sin prisa y disfrutar de su ambiente local.

Pamplona
La segunda parada fue Pamplona, famosa por los encierros de San Fermín, esas fiestas donde cientos de personas corren delante de los toros por las calles. Aunque no coincidí con la celebración, igual pude recorrer las calles por donde se hace la corrida, visitar la Plaza del Castillo y comer unas tapas buenísimas.
Pamplona tiene ese encanto típico de Navarra: mezcla de historia, arquitectura tradicional y buena comida. Se siente una ciudad pequeña, pero con mucha identidad.
 
 
Santander
Y por último, Santander, una joya del Cantábrico. Desde el momento en que llegué me sorprendió su elegancia, las playas amplias y la vista al mar. La Playa del Sardinero es de las más lindas del norte de España, y la Peninsula de la Magdalena con su palacio es un lugar que parece sacado de una postal.

Esos pequeños viajes fueron mi despedida del País Vasco y una forma de agradecerle a España, por tanto. Cada ciudad me mostró una parte distinta del país: la naturaleza, la historia y el mar.

Final Copa Libertadores 2016:

El Atlético Nacional de Medellín había pasado a la final de la Copa Libertadores, y para mí, que soy hincha desde niño, eso era un sueño cumplido. Ver al equipo en la final del torneo más importante de Sudamérica era algo que no sabía si volvería a pasar.

Pero eso me puso en un dilema enorme: la final de vuelta en Medellín iba a ser el 27 de julio, justo cuando ya estaba organizando mi segundo Eurotrip, el viaje más esperado hasta ese momento.

El corazón me decía que volviera a Colombia para vivir ese día histórico; la cabeza me decía que me quedara y siguiera con mis planes.
Mi hermano me insistía: “Yo te compro las boletas, cueste lo que cueste”, pero por otro lado, yo sabía que tal vez no volvería a tener la oportunidad de viajar de esa manera. Al final, decidí quedarme.

Buscando no ver el partido solo, contacté por Facebook a la barra de Nacional en España. Se iban a reunir en dos ciudades: Madrid y Logroño.
Como al otro día tenía que trabajar temprano, decidí irme a Logroño, que estaba a unas dos horas de Bilbao.
Nos fuimos temprano en la mañana y allá nos recibieron unos parceros de la barra.

Primero salimos por toda la ciudad con bombos, camisetas y banderas, cantando y tocando por las calles hasta llegar a una plaza cerca de donde íbamos a ver el partido.

La energía era brutal, pero al poco tiempo empezaron a llegar los vecinos por el ruido, y terminó apareciendo la policía. Nos decomisaron los bombos jajaja, aunque al final entendieron que era una celebración especial y nos dijeron que al otro día fuéramos por los instrumentos y todo quedo ahí.

Más tarde nos fuimos al sitio donde veríamos el partido: una discoteca que los muchachos habían alquilado completa solo para los hinchas.
Éramos más de 200 verdolagas reunidos en Logroño, gritando, saltando y viviendo ese momento como si estuviéramos en el estadio.

El final y NACIONAL CAMPEON, el lugar estalló.

Abrazos, lágrimas, banderas al aire y un orgullo que no cabía en el pecho. Fue uno de los días más felices de mi vida, de esos que solo un verdadero futbolero entiende.

Después, la fiesta fue total.
Cantamos y celebramos hasta la madrugada. Algunos españoles que pasaban por ahí terminaron metidos en el parche sin entender mucho, pero con la misma alegría.

Ya amaneciendo, salí directo a la terminal para tomar el primer bus de regreso a Bilbao. Llegué como a las 5 a. m., el bus salía a las 6.
Me recosté en una banca y me quedé dormido.
De repente, uno de los muchachos me despierta:
“¡Mateo! ¿No te ibas a las seis?”
Abrí los ojos, miré el reloj… y vi el bus saliendo.
Salí corriendo, me paré al frente y por suerte el conductor fue buena gente y me dejó subir.

Al final, ni tuve que trabajar ese día. Me llamaron y me dijeron que después de la fiesta de anoche, mejor me quedaba descansando jajaja.
Fue el cierre perfecto de mi etapa en España: un momento de orgullo, alegría y una despedida con el corazón lleno de emociones.

Conclusión y agradecimiento:

España fue mucho más que un destino; fue un hogar, un punto de inflexión en mi vida y una escuela gigante de experiencias.

Viví casi tres años en ese país, y cada día me enseñó algo distinto: a ser independiente, a adaptarme, a trabajar duro y, sobre todo, a disfrutar el camino.
Desde los pueblos costeros del norte con su clima caprichoso y playas infinitas, hasta el ambiente fiestero de Madrid, la elegancia de Sevilla, la magia de Granada y la energía de Valencia, cada ciudad me dejó una historia.

Allá crecí como persona, como viajero y como soñador. Hice amigos de todas partes, conocí culturas, sabores y acentos que se quedaron conmigo.
Y aunque todavía me quedó mucho por conocer, España siempre será uno de los lugares más especiales de mi vida. Cada vez que vuelvo a viajar por España, siento que regreso a casa.

Gracias por leer esta historia y acompañarme en este recorrido por los rincones que marcaron mi vida viajera.
Si llegaste hasta aquí, te invito a seguir descubriendo los otros capítulos del blog, donde te cuento cómo siguieron mis viajes, aprendizajes y aventuras por el mundo.

Sigue leyendo los otros blogs y acompáñame a revivir cada etapa de este camino.

España fue una de esas etapas que me marcaron para siempre. Durante casi tres años viví, trabajé, estudié y viajé por un país que se convirtió en mi segundo hogar y que me enseñó a disfrutar cada rincón del camino.

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