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El viaje que lo cambió todo

En 2014 emprendí un viaje en bicicleta por Colombia que cambió mi vida. Sin experiencia, sin equipo y con dos amigos, pedaleamos desde Medellín hasta el Parque Tayrona. Esta es la historia de cómo ese recorrido me hizo descubrir mi propósito y el amor por los viajes auténticos.

El inicio: el túnel verde y mi despertar como viajero

Me encontraba en el año 2013, justo en el año antes de graduarme del colegio, en ese tiempo de rebeldía y muchos pensamientos de qué era lo que iba a hacer después de graduarme, hasta ese momento estaba entre estudiar veterinaria, que había sido básicamente lo que quería estudiar desde que estaba niño o gastronomía, que hasta ese momento me llamaba un poco la atención. Estábamos en vacaciones de mitad de año y se estalló una protesta cerca de mi casa.

Resulta que entre el municipio de Envigado y la ciudad de Medellín existe una vía principal que se llama la avenida El Poblado, en la que por unos cuantos km tenía un corredor verde que cubría toda la calle, al cual se le conocía como el túnel verde. Este lugar era espectacular, ya que la bulla de los carros se mezclaba con los grandes árboles que cubrían todo el corredor vial y peatonal.

Pasaba que todos estos árboles que quizá tenían cientos de años iban a ser talados para ampliar los carriles de los carros y, entre ellos, hacer el carril donde iban a poner el nuevo sistema de transporte masivo. Entre varios vecinos, de todas las profesiones y clases sociales del sector, tanto de Medellín como de Envigado, nos organizamos para empezar esta protesta comunal en contra de la tala de los árboles.

Recuerdo que hicimos un campamento justo al lado donde se reunían los trabajadores de la obra y donde dejaban las herramientas, que era lo más irónico, ya que con ellos nos la llevábamos demasiado bien. Me la pasé un mes entre marchas y protestas; incluso el campamento verde, como lo solíamos llamar, se convirtió en mi casa durante todas las vacaciones, ya que allá pasaba casi todo el tiempo, hasta varias veces llegamos a dormir.

Adoptamos un árbol con mis amigos, lo vestimos, hacíamos integraciones con todos los del campamento, me amarré en la cima de un árbol una vez que sabíamos que lo iban a talar, nos infiltramos en la Feria de las Flores con bicicletas y pancartas en el desfile de autos clásicos que se hace en estas fiestas. La gente nos llevaba comida y hasta conciertos hubo en ese lugar. No les voy a negar: fueron las mejores vacaciones de mi vida.

viaje en bicicleta por Colombia

El viaje en bicicleta por Colombia: de Medellín al Tayrona

Resulta que unos amigos que hacían parte del colectivo túnel verde, que ya eran un poco mayores —estaban en la universidad o ya se habían graduado— un día me contaron que estaban planeando un viaje en bicicleta por Colombia, desde Medellín al Parque Tayrona, Santa Marta en Colombia, y que iban a empezar a entrenar. Yo no sé por qué, pero eso me quedó en la cabeza, tanto que se volvió como una obsesión: yo lo tenía que hacer.

Invité a varios de mis amigos, los que yo creía que se iban a unir a esa locura. Sobre todo, porque era un momento en que:

1. La gente no montaba tanto en bicicleta por las carreteras del país como ahora que hay tantos ciclistas por todos lados.
2. Aún quedaban los restos de la violencia que tanto hemos sufrido en el país.
3. Eso de viajar de esa manera no era común, pocos eran los que se aventuraban hacer algo así, sobre todo en ese momento que no habían influencers de viajes que mostraran todo como ahora, casi nadie utilizaba Instagram y TikTok ni existía.

Muchos me llamaron loco, pero eso ya se había convertido en mi sueño y lo tenía que cumplir. A mí siempre me gustó ahorrar y yo, en general, ahorraba la gran mayoría de la plata que me daba mi viejo para ir al colegio, por lo que ya ese ahorro tenía un sentido. Literalmente el segundo semestre escolar ahorré como nunca para esto.

Me gradué del colegio y se acercaban los días. Hacíamos los preparativos, que la verdad al final todo fue más que nada improvisado. Al final los muchachos del túnel verde se quitaron y nos fuimos solo 2 amigos y yo.

Yo tenía una bicicleta de ruta que era de mi viejo, la cual tenía desde los años 90. Siempre me dijo que era la bicicleta del ciclista colombiano Lucho Herrera, aunque yo nunca le creí. Otro de mis amigos se consiguió otra bici de ruta también de los años quién sabe cuándo, pero estaba en muy mal estado; fue la que más problemas dio en todo el viaje. Y luego otro amigo me había prestado una que sí era un tote, ya que él y el papá siempre fueron muy aficionados al ciclismo, su papá le había inculcado la bici desde muy niño y tenía una que estaba demasiado buena.

Se acercaba el día y aunque muchos no estaban de acuerdo —inclusive tuve un problema grande con mi hermano porque decía que me iban a secuestrar y nos peleamos bastante duro— yo estaba decidido a salir. Mi viejo me regaló una carpa que estaba de descuento en Homecenter para 2 personas, recuerdo que costó 20 mil pesos. Y mi amigo, el de la bici destartalada, llevaba otra carpa que le habían prestado para dos personas, que también se dañó desde la segunda noche.

Recuerdo que salimos de Medellín un 6 de enero del año 2014 a las 3 a. m. aproximadamente: 3 muchachos sin preparación, sin equipo de bicicleta adecuado, sin cascos, cada uno con una maleta en la espalda, sin saber cómo despinchar una rueda aunque con inflador y parches, sin entrenamiento previo y aunque yo montaba bici con mis amigos, no tenía nada que ver con la aventura que nos esperaba.

Algo que sí habíamos acordado era que no íbamos a empezar en Medellín, ya que las primeras 3 horas en carro, por ejemplo, eran subiendo una montaña. Por eso decidimos irnos en bus los primeros 150 km, justo donde supuestamente ya no teníamos más montaña, sobre todo porque no llevábamos ropa de frío. Pasando algunos pueblos como Don Matías, Santa Rosa de Osos y Yarumal, que son tierra fría, y literalmente en las maletas al menos yo llevaba: 3 camisetas viejas, 3 pantalonetas viejas, 3 calzoncillos viejos, unas chanclas, 3 pares de medias y una camisa y una bermuda supuestamente elegante que era la que iba a usar en un día especial en Cartagena.

Recuerdo que el pasaje de bus nos lo dejaron en 30 mil a cada uno y desde ese momento la gente ya nos miraba asombrados y nos preguntaban sobre la aventura que íbamos a hacer. El bus nos dejó en un lugar que se llama el Alto de Ventanas y, entre un poco de subidas y bajadas, empezamos a descolgar. Lastimosamente la bajada no nos duró más de una hora, desde Ventanas a donde supuestamente empezaba el plano en Puerto Valdivia. Ahí empezó todo de verdad.

Esa carretera para mí era bastante conocida, ya que el paseo familiar de casi todos los años era a Coveñas, un pueblo de playa muy conocido en Colombia. Aunque les voy a decir que en carro se siente plano, la realidad en bicicleta no: es una carretera que sube y baja todo el tiempo y bastante se sentía para nosotros, inexpertos. Justo después de Puerto Valdivia yo sabía que había unos charcos a los cuales siempre que pasaba quería ir, lo cual aprovechamos antes de sentir el rigor de la pedaleada.

Salimos de los charcos y la idea era llegar a Caucasia esa noche, ya que allá uno de los amigos que me prestó la bici tenía una finca y estaba con la familia y nos había invitado. Pero ese primer día nos dio duro: desde los charcos hasta allá teníamos más o menos 100 km y no nos dio el tiempo. El sol del mediodía empezó a pegar con fuerza a los cuerpos desprotegidos y fue algo que más adelante nos hizo organizar los tiempos de pedaleada.

Los primeros desafíos del viaje:

Nos comunicamos con nuestro amigo y le dijimos que esa noche no íbamos a poder llegar; aún nos faltaban como 20 km para llegar a Caucasia, que era donde nos iban a recoger. Paramos en un estacionamiento de camiones al lado de una estación de gasolina, en la cual viene mi primera recomendación si alguien está haciendo algo así:
En estos lugares suele haber seguridad, y están los muchachos de la estación de gasolina trabajando toda la noche. Y al ser un parqueadero es un lugar plano y grande donde acampar. Nosotros le dijimos al de seguridad y al trabajador de la estación que nos pusieran cuidado, les contamos de la travesía y nos dijeron que de una, que ellos estaban al pendiente. Esa fue la primera noche.
Al otro día madrugamos. No les voy a negar, el dolor de piernas y nalgas ya se empezaba a sentir. Hicimos esos 20 km faltantes y antes de las 7 a. m. llegamos donde el amigo. Allá la familia nos recibió, estuvimos todo el día con ellos y al otro día nos volvieron a acercar al pueblo para seguir con el recorrido.

Para este día la ruta era Caucasia – Montería: 120 km. Salimos bien temprano y entramos a rodar. Ya sabíamos que al mediodía no podíamos pedalear, el sol era infernal y, al menos yo, ni siquiera tenía cómo protegerme los brazos y el cuello. Para acabar de ajustar, en la cabeza tenía una visera, pero no tenía gorra completa, por lo que se me calentaba la cabeza.

La idea era pedalear lo más que se podía hasta las 11 a. m., tratar de encontrar un pueblo para almorzar y reposar, y luego salir después de las 3 p. m. hasta que anocheciera, para buscar un lugar donde acampar. Ese día las bicis empezaron a pincharse: la del amigo que estaba bastante mal falló, además empezaron las caídas. El mismo de esa bicicleta y la carpa mala se estampó con un bus al estilo del famoso ciclista Egan Bernal: no fue capaz de frenar ni de quitar los pies del calapié y ¡de cara al bus!

En ese momento tardábamos demasiado poniéndole un parche a la llanta; apenas estábamos aprendiendo, pero pudimos continuar.
Algo muy bonito que nos empezó a pasar era que en cada pueblo que pasábamos, la gente nos preguntaba por el viaje y, al contarles, todo el mundo nos empezó a regalar agua, mecato; hasta a sopa nos invitaron. Se vio lo bonito de la gente colombiana.

Ese día paramos a almorzar en un pueblo que se llama Planeta Rica. Preguntamos cuál era el almuerzo más barato y nos mandaron para la plaza de mercado, que es otra recomendación: en todas las plazas se encuentra la comida más económica, además de que se utilizan generalmente productos frescos que se consiguen directa y diariamente allá.
Imagínense que, en general, siempre a donde llegábamos íbamos a las plazas. En ese tiempo los almuerzos nos costaban entre 4 mil y 6 mil pesos y siempre eran unas bandejas grandes, como las siguen vendiendo hoy día (obviamente más caro), pero que sigue siendo la mejor opción en todos los pueblos. Obviamente, que tengan plaza de mercado, y eso para nosotros fue algo que nos salvó bastante. Para esta clase de viajes lo recomiendo.
Después del viaje habíamos comido como reyes. Les digo, y es de verdad, que llegué como con 5 kilos de más, además de tener unas piernas como si hubiera hecho deporte toda la vida.

Lo otro es que ese descanso del mediodía hasta las 3pm lo empezamos a llamar la “siesta costeña”: tirábamos una de las carpas sin armar en alguna manga o espacio al lado de la carretera debajo de un árbol y ahí nos quedábamos durmiendo hasta que bajara el sol. Y de ahí para adelante, en cada momento que no queríamos hacer nada o pedalear, se le decía “la pereza de costeño”, ya que viendo parte de la vida de estos lugares era impresionante la cantidad de gente que se veía en esos pueblos en las mañanas, en día de semana, en los patios haciendo nada, tomando ron en mecedoras y con sus equipos a todo volumen.

Desde este día empezaron entonces varios rituales que nos iban a seguir por todo el viaje: la comida (desayuno y almuerzo) en la plaza de mercado y la siesta costeña después de almuerzo hasta las 3 p. m.

Llegamos a Montería en la noche después de varios pequeños contratiempos y mi amigo, el de la bici mala, se cae por un muro al lado de carretera, tratando de esquivar un separador en la calle, como de 3 metros. En ese momento dije: “ya se acabó el paseo, chao, hasta aquí fue”. Cuando se oye una vocecita a lo lejos: “¡estoy bieeen!”. El parcero había caído, gracias al Señor, en unos arbustos y no le había pasado nada.

En un paréntesis debo decir que él fue el que más la sufrió en todo el viaje jajajaja.

Buscamos dónde acampar ese día, igual al lado de una estación de gasolina. Y pasó… a mi amigo se le dañaron las varillas de la carpa y eso quedó literalmente como un sleeping bag. La idea era rotarnos todos los días en las carpas y que uno durmiera solo una noche y a la otra con el otro, pero a este parcero se le dañó la carpa, y jajajaja el resto del paseo le tocó dormir como si fuera el saco de dormir, con eso dándole en la cara. Bueno, después del contratiempo, a dormir.

Aventura, caídas y la vida en el camino:

Al siguiente día, muchachos, ya las nalgas y las piernas no daban más, se los juro, sentía como si siete morenos se hubieran metido a la carpa en la noche y me hubieran masacrado a ver… y todos estábamos iguales. Pero este día era un día especial: si todo se daba bien, llegábamos a la playa, llegábamos a Coveñas, donde íbamos a estar dos días completos descansando en la playa.

Los pequeños contratiempos empezaron a darse cada vez más, los pinchazos empezaron a llegar y aunque cada vez éramos más “pros” arreglando la bici, cada vez los neumáticos estaban peor. Pero pudimos llegar a Coveñas justo antes del atardecer.

Muchachos, no se imaginan la alegría que sentía. Ese era el primero de los objetivos, y hasta ese momento ya habíamos pedaleado más de 340 km sin tener experiencia, sin equipos, sin encontrarnos con más ciclistas que nos pudieran ayudar, pero comiendo rico, haciendo la siesta costeña y aprendiendo y aguantando como todos unos campeones.

En Coveñas nos hicimos en la playa donde yo solía estar con mi familia en los paseos. Pusimos las carpas debajo de un kiosko que en temporada de vacaciones usaban para vender jugos, justo al lado de un árbol, que la verdad no me acordaba que había tantos bichos. Esos hdp se nos metieron en la carpa y empezaron a picar toda la noche; la malla de la carpa realmente no sirvió para nada y poco era lo que uno dormía. Pero bueno, a levantarse, bañarse en repelente para mosquitos y la verdad es que eso nos salvó de a ratos.

Los siguientes días en Coveñas la verdad es que se descansaron bastante, aunque el molimiento de las partes bajas todavía estaba. Dos días después salimos de nuevo al ruedo, nuestro próximo destino era Cartagena, y con una pereza costeña de seguir pedaleando y montarme en esa bicicleta… pero había que hacerlo.

La cosa es que en ese tiempo no teníamos celulares con GPS e internet, al menos nosotros. Mi celular a duras penas tenía radio y los de mis amigos eran mejores, pero ni tanto. Íbamos con un libro de mapas, pero hasta ese momento no habíamos caído en cuenta de que, de Coveñas a Cartagena, aparte de que eran 156 km, la carretera no era al lado del mar y nos teníamos que alejar de la playa. Además, en el ritmo al que íbamos nos iba a tocar hacer el trayecto en dos días.

Por eso, de Coveñas nos fuimos a Tolú y, después del desayuno y 30 km más en la bici, paramos en una estación de gasolina y empezamos a hacer autostop a ver quién nos podía llevar. Aguantamos como una hora viendo y no encontrábamos a nadie que nos llevara, hasta que pasó una camioneta del año 60, vieja, destartalada, hermosa, con platón. Fuimos y le preguntamos al señor que para dónde iba y nos dijo que a Cartagena; él estaba con otras dos personas, pero le pedimos el favor, le tiramos 30 lukitas de liga y aceptó llevarnos.

La logramos. Eso sí, atrás íbamos los 4 más apretados, pero nada: el señor nos llevó, llegamos a Cartagena también antes del atardecer y ahí el señor me dio un consejo que yo no creía mucho, pero que más adelante casi nos da un gran problema.

La cosa es que yo iba con unos zapatos verdes, una pantaloneta del Atlético Nacional, la camiseta del túnel verde que era verde y blanca y una visera que decía “Pasión Verdolaga o algo asi” que era negra con verde. El señor me dijo que mucho cuidado con los barristas, porque esas carreteras eran muy transitadas por los muleros de todos los equipos. Hasta ese momento yo solo había visto gente del Nacional, sobre todo en Coveñas, y antes que todo el mundo era de Nacional, nadie me había dicho nada. Pero bueno, seguimos y nos fuimos para el centro histórico.

Cartagena: el encuentro que cambió mi vida

Mi amigo, el de la bici y la carpa malas, antes de salir de Medellín había hecho contacto con un muchacho por medio de Couchsurfing que se ofreció a guardarnos las bicicletas para no estar tan encartados con ellas en la ciudad. Un saludo para ese parcero que no me acuerdo cómo se llama, aunque después la vimos difícil echando pata (caminando por todo Cartagena) con las maletas y las carpas, sabiendo que teníamos las bicis guardadas.

Resulta que al lado del hotel Hilton hay un lago y un parqueadero donde en ese tiempo se parqueaban las autocaravanas y los carros de la gente que estaba viajando. Conocimos muchos viajeros internacionales ahí. Me atrevo a decir que era bien raro en ese tiempo, casi nadie visitaba Colombia.

Este fue el momento que cambió mi vida. Yo, hasta ese momento, estaba por estudiar veterinaria o gastronomía en Colombia, aunque no estaba muy seguro de lo que quería hacer. Conocí a dos brasileños que iban en una combi/van, viajando por todo Suramérica. Ellos eran profes: el señor de universidad y la señora de preescolar, pero habían decidido renunciar e irse a viajar.

Para mí eran como los primeros influencers de viajes que había visto. Tenían su página de Facebook, tenían patrocinadores, los cuales iban mostrando por todo lado con stickers y pinturas en la van. Además, en cada lugar donde iban hacían pequeños eventos y cocinaban fritos y comida brasileña, además obviamente de vender artesanías.

Ahí fue donde dije: “yo quiero esto, esto es lo que voy a hacer con vida”. Y fue donde por fin me puse mi camisa y mi bermuda especial, y nos fuimos de cocteles después de guardar las cosas en la portería de un edificio, donde un portero buena gente nos dejó guardar. La buena para ese portero.
Estuvimos andando y pasándola bueno en Cartagena dos días, y seguimos al pedal. Ya éramos unos pros arreglando los pinchazos de la bici, además de que en Montería habíamos comprado varios neumáticos nuevos también de repuesto.

Para ese día la idea era llegar de Cartagena a Barranquilla: 130 km. Allá nos íbamos a quedar donde un cliente de mi viejo que nos iba a recibir en su casa. Pero la vida no quería que ese día llegáramos a Cartagena: las llantas pinchaban como nunca, los neumáticos se volvían basura y nos estaba cogiendo la noche.

Justo cuando estaba anocheciendo, sale un perro de una casa detrás de nosotros y dele, casi nos agarra ese hdp perro que nos iba a morder. La cosa fue que de la correteada tan grande, no nos dimos cuenta de que estaban arreglando la calle más adelante, aparte de que ya todo estaba oscuro, y ¡pum! una de las llantas pinchó, y pinchó en toda la válvula del aire.

¿Qué pasa? Ya no había más neumáticos de sobra y era imposible parcharla. Como les digo, no teníamos GPS ni celulares buenos ni nada de eso, no sabíamos la verdad dónde estábamos y dijimos: “pues nada, vamos a buscar dónde acampar”.

Justo en eso, a mi amigo de la bici mala le dan las ganas de hacer del 2 y pues bueno, tampoco había problema, estábamos varados. Cuando en esas llegan los tombos (policías en Colombia) en una camioneta con platón y nos preguntan que para dónde íbamos. Ya les preguntamos dónde estábamos y nos dicen: “están a 10 minutos del peaje de Puerto Colombia, que está a 30 km de Barranquilla”, y nos dicen: “caminen, los llevamos al peaje, que allá pueden poner las carpas, hay baños y están más seguros”.

Y el hpta de mi amigo estaba haciendo del 2… tocó cortársela y le tocó salir corriendo, con un olor bastante fuerte. Los policías no querían esperar, pero la buena para ellos donde sea que estén, que nos dejaron seguros y nos arrimaron hasta allá.

Barranquilla, sustos y nuevos aprendizajes:

De ahí estábamos a 3 km del pueblo. Salimos dos en una bici y el otro amigo con la otra al hombro. Llegamos al pueblo, compramos nuevos neumáticos y salimos de nuevo a Barranquilla; nos faltaba poco más de 30 km. Allá nos recibió muy amablemente un cliente de mi viejo. Estuvimos descansando un día y al siguiente salimos; ya casi llegábamos. Hasta ese momento ya llevábamos más de 550 km pedaleados y ya se podía oler la meta, después de varios objetivos.

Ya el cansancio, el dolor de cuerpo y la convivencia estaban pesando. Ese día, entre paisajes y grandes contrastes, ya que antes de llegar al pueblo de Ciénaga, Magdalena, la gente vivía en condiciones que pocas veces yo había visto en mi vida. Es una miseria que cuando uno va rápido en carro no alcanza a ver, pero en la bicicleta se podía ver todo eso. Era bastante fuerte.

Pero al fin, esa tarde noche, pudimos llegar a Santa Marta. Esa misma noche queríamos llegar al Tayrona, por lo que cogimos un bus que nos llevó hasta la entrada. Esa noche nos tocó dormir afuera del parque porque a esa hora estaba cerrado y, al otro día, de primeros entramos y por fin… como les decía al principio, este plan se convirtió en un sueño, y ese sueño en ese momento estaba cumplido.

Llegar a uno de los lugares más bonitos del país, y desde Medellín, en este viaje en bicicleta por Colombia, con tantas personas diciendo que nos iba a pasar algo, con tantos problemas, dolores y sol… lo valieron todo. La verdad fue un momento en el que me sentí realizado: habíamos pedaleado más de 650 km, habíamos recorrido mitad del país, habíamos conocido gente maravillosa, habíamos tenido reuniones que nos habían cambiado la vida, que iban a marcar un antes y un después, al menos en mi vida. Y al fin habíamos llegado: con peleas, pinchazos, caídas, pero habíamos llegado. No les voy a negar que fueron de los días más especiales que he tenido, esos días en ese paraíso, vuelvo y digo, valieron toda la pena.

El último susto:

Después de bajar del Parque Tayrona nos fuimos para el Rodadero, en Gaira. La cosa es que yo estaba de verde y blanco, así como dije antes: camiseta, pantaloneta del Nacional y gorra verdolaga. Y me llegan los barristas del Quindío o Tolima, no sé qué, y preciso nos ponen problema. Me dicen que si no me quitaba eso me iban a hacer daño y esas cosas.

Lo más irónico es que estábamos en el que supuestamente era el lugar más seguro de todo el viaje, en una de las playas más turísticas de toda Santa Marta. Evitamos problemas y obvio me cambié. Ellos decían que nos iban a robar y todo, pero lo que hicimos fue dejar todo en un parqueadero, salimos con la plata suficiente para comer ese día y las carpas, y yo no llevaba nada más que me pudieran quitar. Estuvieron ahí mirándonos toda la noche, pero no les prestamos atención.

Ese día conocimos un rolo (Persona de Bogotá, Colombia) que iba de mulero, pero no era barrista ni nada de eso, solo estaba de hippie viajando. El tipo era bien, tenía una gorra que decía que se la habían regalado los hinchas del Junior.

Esa noche, después de librarnos de los anteriores, llegaron los del Unión Magdalena y vieron al rolo con esa gorra y lo prendieron a pata. La buena para el rolito, donde sea que esté. A nosotros nos iban a robar, pero no teníamos nada; el golpe lo recibió el rolito solo por la gorra esa.

A mi amigo, el de la bici mala, le cogieron los zapatos, pero después de olerlos se los tiraron jajajajaja.

Sí era verdad el consejo que me dio el señor en Cartagena, aunque irónicamente el peligro y el problema fue en el lugar supuestamente más seguro de todo el viaje.

Reflexión final: lo que me dejó este viaje en bicicleta por Colombia

Durante este viaje en bicicleta por Colombia aprendí que los límites están en la mente y en la vuelta ya había tomado una decisión, era una persona diferente y por primera vez había cumplido algo con lo que llevaba meses soñando, ya tenía un plan de vida que se iba a convertir en mi estilo de vida, aunque esa ya es otra historia.

Gracias por leer este blog, hasta la próxima.

Ese primer viaje en bicicleta por Colombia fue el punto de partida para todo lo que vino después.
En mi eBook Viajero Inteligente comparto cómo planear viajes con propósito, ahorrar y moverte con seguridad por cualquier lugar del mundo.
Y si quieres ver cómo sigo explorando Colombia y otros países, sigue mis rutas y experiencias en Instagram.

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