De vuelta a la tierrita: Mi gran aventura redescubriendo Colombia
Era finales de 2016, estaba de vuelta en Medellín, mi ciudad. Ya llevaba un poco más de 3 meses viviendo en Colombia después de haber regresado de España, donde estuve viviendo casi 3 años.
Había estado buscando trabajo como Chef y la verdad es que las ofertas no faltaban, pero yo llegaba sin experiencia; en España había estudiado gastronomía, pero a duras penas tenía experiencia real en los poco más de 6 meses que estuve en mis prácticas y trabajando de extra para ese mismo restaurante.
En Colombia la situación era dura. Como les decía, había muchas ofertas de trabajo en muchos restaurantes (en ese tiempo Medellín no era turística, no era tan popular, no se veían tantos turistas ni nacionales ni extranjeros), pero ya se estaban empezando a formar las bases de la oferta turística y gastronómica que se puede ver hoy en día.
Al buscar trabajo apliqué a muchas ofertas; parecía que el hecho de haber estudiado en España les llamaba la atención a los establecimientos.
El problema eran definitivamente los pagos mezclados con las horas de trabajo: a duras penas me ofrecían un mínimo con horarios de 12 horas al día, 6 días a la semana. El salario mínimo en Colombia en ese tiempo apenas pasaba los 800.000 pesos colombianos, que para ese tiempo eran alrededor de 266 USD.
La verdad ni lo pensé, yo me dije: “aquí por eso no voy a trabajar”. Busqué con apoyo de mi familia la forma de montar un negocio; inclusive fui a ver locales comerciales en lo que hoy es Provenza, y hasta conseguimos varios proveedores, pero les digo la verdad: no me atreví. Yo sentía que no tenía experiencia para eso.
Tenía buenas ideas que me había traído de España, cosas que en Colombia aún no se veían (la oferta gastronómica era muy local, apenas estaba en proceso de creación y expansión, había muy pocas opciones de cocina de autor o internacional).
Yo me dije que en algún momento lo iba a hacer, pero sentí que ese no era el momento; yo no sabía cómo administrar un local, un restaurante, una empresa, por lo que debía tomar otras decisiones e intentarlo después, tal vez con más experiencia, más maduro y mejor preparado.
De igual manera, para principios del 2017 ya varias cosas habían pasado. Lo primero: había tomado la decisión de irme nuevamente del país, esta vez a cumplir un sueño; estaba decidido, me iba para Australia. Me tomé un buen tiempo y decidí que me iba a principios de octubre de ese año. No me quería ir sin saber nada de inglés, por lo que en febrero entré a un curso intensivo del cual hice como 5 meses.
Y tampoco me iba a quedar sin trabajar. Aún faltaba bastante tiempo, más de 6 meses para preparar la ida a Australia, así que buscando encontré lo que en ese tiempo era la mejor solución. Resulta que en ese momento UBER estaba en su boom; pagaba demasiado bien, era muy rentable.
Pongo un ejemplo: tenía amigos recién graduados de la universidad, o que inclusive ya eran profesionales, que se hacían alrededor de 2 millones de pesos al mes; por otro lado, también tenía amigos que se habían puesto a trabajar en Uber jornada completa (de 8 o 10 horas al día) y se estaban haciendo 4 millones mensuales. Inclusive fue mi viejo el que más me animó a hacer eso, ya que él tenía sus carros y también me había dicho que no me metiera a esos restaurantes explotadores.
Así que en las mañanas iba a las clases de inglés y en las tardes-noches me iba a trabajar en UBER. Recuerdo que trabajaba de 7 pm a 10 pm de martes a jueves, los viernes de 7 pm a 1 am y los sábados de 10 pm a 6 am del siguiente día. Y muchachos, me hacía como 2 millones (al menos en Colombia era bastante dinero si pensamos que no trabajaba más de 23 horas a la semana). El trabajo era bastante relajado, nunca tuve mayores problemas.
La decisión de volver a recorrer mi país
Tenía trabajo, estaba estudiando, iba todo bien, pero ya saben lo que dicen para cerrar ciclos: VIAJA. Yo no me iba a ir de Colombia de nuevo sin darme un último baile, así que me dije: “antes de irme Colombia, vamos a volver a recorrer mi país”.
Mi amiga francesa del segundo Eurotrip (si no han leído los invito a que le echen un vistazo al blog anterior) me había dicho que ella quería conocer Colombia, un país aún desconocido donde en ese momento solo los más intrépidos se atrevían a recorrer, sobre todo porque aún teníamos los rezagos y la fama del pasado violento, aunque en teoría eran los tiempos más seguros de los últimos años. El turismo ya se empezaba a ver, ya estaban llegando algunos visitantes, sobre todo a Cartagena y Santa Marta, pero nada que ver de lo que se ve hoy en día.
Así que la llamé y le dije que me iba para Australia a vivir, pero que me iba a hacer un viaje por Colombia de dos meses, por si quería pegarse. Ella me dijo que lo iba a pensar… No pasó ni una semana y ella me dice que ya había comprado los tiquetes jajaja, así que era hora de armar el plan.
La idea era la siguiente: la primera parada era Bogotá, allá nos íbamos a encontrar y estaríamos unos días descubriendo la ciudad y alrededores (Zipaquirá y la Catedral de Sal). De ahí salíamos para Villa de Leyva en el departamento de Boyacá; luego San Gil en Santander, Bucaramanga y el Cañón del Chicamocha. De ahí nos íbamos a Medellín por unos días y salíamos a Cartagena y Mompox en Bolívar, y luego Santa Marta y el Tayrona en el departamento de Magdalena. De Santa Marta volvíamos a Medellín (nos tocaba justo la Feria de las Flores de agosto) y nos íbamos a “puebliar”: el plan era Guatapé, Santa Fe de Antioquia, Barbosa, para cerrar con broche de oro un plan por el Amazonas de 5 días y vuelta a Medellín. Fin del viaje.
Primera parada: La Capital
Hasta que se llegó el día del viaje. Yo había ido muchas veces a Bogotá, pero realmente nunca había tenido la oportunidad de visitarla como un verdadero turista o viajero, ya que siempre iba de visita con mis familiares y generalmente visitábamos parques de diversiones y centros comerciales. En el colegio habíamos hecho una excursión como cuando tenía 12 años, donde visitamos bastantes lugares culturales, pero no era lo mismo que visitarla por cuenta propia.
En el plan que había armado en nuestro viaje por Colombia íbamos a pasar por todos los climas: desde el frío de Bogotá y Boyacá, hasta el clima templado de Medellín y Bucaramanga, y el calor asfixiante de Cartagena y Santa Marta. Por otro lado, también le había comentado a mi amiga que Colombia tenía ciudades grandes, con todos los servicios; somos de un país tercermundista pero no era como que aquí no hubiera nada.
Pues resulta que a ella le dijeron allá, que era lo más normal de los europeos en ese tiempo, que en Colombia solo había selva, calor, coca, y que seguramente ni electricidad había. Aunque yo le dije muchas veces que aquí había grandes ciudades, los comentarios de gente ignorante tuvieron más peso que mis recomendaciones jajajaja.
Resulta que cuando nos vimos, la recogí en el aeropuerto y la recibí muy contento, fue un momento especial, pero ella llegaba en ropa de ejercicio; no tenía nada con qué taparse del frío de la noche de Bogotá. Me había dicho que no había traído nada para el frío porque le habían dicho que en Colombia solo hacía calor. De igual manera ella quería comprar ropa nueva, entonces no iba a ser un problema.
Cuando llegamos al hotel donde íbamos a dormir ese día, abrió su maleta de viajera: estaba prácticamente vacía. Aunque me llamó la atención un paquete grande que tenía; cuando le pregunté por eso, me dijo que eran medicinas. Lo abrió y tenía una farmacia completa en su bolso jajaja. Resulta que su médica le había dicho que en Colombia no había hospitales ni farmacias jajajajaj, por lo que era mejor llevar medicinas prácticamente para curar todo tipo de enfermedad.
PD: No se tomó ni una sola pastilla en todo el viaje, nunca se enfermó jajajaj. Más adelante, cuando volvimos a Medellín, se lo mostramos a mi hermano médico y casi se muere de la risa; decía que con eso podíamos abrir nuestra propia farmacia. Jajajaj.
El segundo día lo usamos para hacer compras y que mi francesa no se muriera de frío. Luego el tercer día en Bogotá lo usamos para descubrir el centro: fuimos al Museo del Oro, Monserrate, la Plaza de Toros, La Candelaria y noche de pachanga en las fondas de la capital.
También en los días siguientes fuimos al pueblo de Guatavita, un pueblo hermoso muy cerca de la capital, súper recomendado si van de visita por esos lados. Hicimos un paseo en chiva por La Calera para terminar de rumba en la Zona Rosa de Bogotá.




Descubriendo la magia de Colombia: Cundinamarca y Boyacá
Salimos de Bogotá bien temprano en un bus que nos dejó en Zipaquirá, lugar donde se encuentra una de las maravillas más impresionantes de Colombia: La Catedral de Sal de Zipaquirá.
Para que se hagan una idea, este lugar es una locura arquitectónica construida a 180 metros bajo tierra, dentro de las minas de sal. Es considerada la primera maravilla de Colombia y no es para menos: caminar por sus túneles oscuros iluminados con luces tenues, viendo cruces gigantes talladas en la roca salina, crea una atmósfera mística que te deja sin palabras, seas religioso o no.
Ahí descubrimos la catedral hasta el mediodía, y nos esperaban las primeras aventuras en carretera por Colombia. No encontramos un bus directo que nos llevara desde Zipaquirá hasta Villa de Leyva, que era nuestro siguiente destino, por lo que se nos venía una travesía por los departamentos de Cundinamarca y Boyacá.
La primera buseta nos llevó desde Zipaquirá al pueblo de Ubaté, de ahí otro carro nos llevó hasta el pueblo de Chocontá, para coger otra buseta que nos dejaba en la terminal de la ciudad de Tunja. Donde por fin tomamos una buseta directa hasta Villa de Leyva donde llegamos ya de noche.
Un viaje que en carro son 3 horas, nos tomó a nosotros como 8, jajaja, pero nada: preguntando se llega a Roma y eso es lo bonito de viajar.
En Villa de Leyva íbamos a estar también varios días. Este es uno de esos pueblos que parecen congelados en el tiempo, famoso por tener la plaza empedrada más grande de Colombia (¡es inmensa!). Es un lugar mágico de calles coloniales, paredes blancas y un ambiente tranquilo que enamora. Si van, la recomendación obligada es caminar sin rumbo por sus calles y probar la gastronomía local.
Aprovechamos para hacer senderismo y subir al cerro y mirador “El Santo Sagrado Corazón de Jesús” con las mejores vistas del pueblo. Luego en el hostel alquilamos unas bicis y nos fuimos a ver la Casa Terracota (la cerámica más grande del mundo), los Pozos Azules y el museo comunitario El Fósil.




Aventura en Santander
Después de descubrir las tierras cundiboyacenses empezábamos el tramo de aventura. Seguíamos a las bellas tierras de Santander a descubrir sus hermosos pueblos y, lo mejor, a visitar la capital de los deportes extremos colombiana: San Gil.
Así que tomamos un pequeño chivero que nos llevó hasta Moniquirá desde Villa de Leyva; de ahí una buseta hasta Barbosa (ya en tierras santandereanas) y de ahí bus hasta San Gil. Y de San Gil qué les puedo decir: para aquellos que les gusta la naturaleza, los deportes extremos y la aventura, este es el lugar.
Hicimos de todo: rafting por el Río Fonce, Bungee Jumping, y también hicimos canyoning bajando por un cañón río abajo haciendo rappel en diferentes cascadas. Parce, una experiencia brutal. Visitamos el pueblo de Curití y la Cueva de la Vaca. Entrar a esta cueva es toda una experiencia de espeleología extrema; te toca arrastrarte por túneles estrechos, mojarte y pasar por salones subterráneos llenos de estalactitas. No apto para claustrofóbicos, pero increíble para aventureros.
Hicimos caminatas por los charcos y pozos del Balneario Pescaderito y también nos fuimos de travesía al pueblo de Guadalupe donde conocimos a otros dos amigos que se unieron a la aventura y conocimos Las Gachas. Unas rocas rojas alargadas por donde corre el río formando jacuzzis naturales de diferentes tamaños y profundidades. En ese tiempo para llegar era la propia travesía: no había caminos señalizados como ahora, tocaba ir en jeep hasta cierto punto y cruzar unos potreros. En la tarde casi nos deja el jeep de vuelta, nos tocó correr para no perderlo.
Los últimos días de aventura nos fuimos a Barichara. Dicen que es “el pueblito más lindo de Colombia” y creo que tienen razón. Sus calles de piedra amarilla y su arquitectura colonial perfectamente conservada te dan una paz increíble. Es el sitio perfecto para bajarle al ritmo después de tanta adrenalina. Allí también hicimos el camino real hasta el pequeño pueblo de Guane, una caminata ancestral preciosa y fácil de hacer, llena de historia indígena y vistas al cañón.
Muchachos, Santander es uno de los departamentos más increíbles, sobre todo para turismo de naturaleza y aventura. Todos los pueblos tienen algo que hacer, tiene pueblos coloniales demasiado bonitos y mágicos. Todas estas cosas que en ese tiempo hicimos solo son un abrebocas de la cantidad de cosas que hay para hacer; yo desde esos días me prometí que iba a volver por esas tierras.
Después de varios días de aventura por los pueblos santandereanos nos fuimos a su capital: bus directo de San Gil a Bucaramanga. Allá teníamos 2 días completos antes de volver a Medellín. La suerte es que un amigo y compañero de trabajo de mi viejo en esa ciudad nos recibió en su casa. Fue una gran bendición porque aparte de recibirnos allá también nos hizo de guía turístico. El primer día nos llevó al Cañón del Chicamocha.
Este cañón es un espectáculo geológico imponente, más profundo incluso que el Gran Cañón de Arizona. Las vistas desde el Parque Nacional del Chicamocha (Panachi) son de otro planeta, y cruzarlo en teleférico es sentir la inmensidad de la naturaleza colombiana bajo tus pies.
El segundo día nos mostró Bucaramanga y sus parques, aparte de llevarnos a conocer los parques de Piedecuesta, Floridablanca y el hermoso municipio de Girón, Santander.




Escala en Medellín con dirección a la costa
Se terminaba la primera parte del viaje y llegábamos a Medellín, solo era por un par de días para descansar ya que se nos venía la segunda parte del viaje. En esta ocasión cogimos vuelo de camino a Cartagena.
Recuerdo que dormimos en un hostel en el barrio Manga de la ciudad, donde nos hicimos amigos de un grupo de mexicans y también del dueño del hostel. Era bastante gracioso porque eso de compartir habitación para los colombianos no era común (al menos en ese tiempo), pero es lo más normal por ejemplo en Europa.
Generalmente los dueños de los hostales siempre me decían que era muy raro ver a un colombiano allá, que el colombiano siempre daba problema por eso, o simplemente se iban. Para mí ya era de lo más normal después de haber viajado tanto por Europa. Siempre decían que les daba miedo con los colombianos que después fueran a cometer alguna fechoría jajaja, pero bueno.
Cartagena fue increíble. Yo ya la conocía bastante bien, ya sé cómo manejarme bien con las estafas y los sobrecostos que generalmente causan sus pobladores, por lo que el viaje fue de maravilla. Con la francesa igual fuimos a varios de los museos del centro histórico, recorrimos toda la muralla, vimos el atardecer en esta, fuimos al Castillo de San Felipe y salimos de fiesta con los “mexas” y el dueño del hostel a Getsemaní. El dueño del hostel, un bacán, hasta me invitó a los traguitos de whisky. Con los mexas también nos dimos el paseo en lancha por las Islas del Rosario, cervecita por aquí y cervecita por allá.
A mí personalmente Cartagena me parece increíble. La Ciudad Amurallada y Getsemaní con su historia me parecen una cosa de locos. Caminar por ahí es revivir épocas de piratas, conquistas y batallas navales; cada baluarte y cada callejón colorido de Getsemaní cuenta una historia de resistencia y cultura que vale la pena escuchar más allá de la rumba.
Lástima a veces los propios cartageneros con sus abusos y estafas, que realmente es con lo que hay que tener más cuidado: ser una “abeja” como decimos en Medellín y saber decirles que no.
De Cartagena salíamos dirección al bello pueblo de Mompox. Esta fue una de las mejores travesías. Cogimos bus en dirección a Magangué y de ahí tomamos una lancha rápida por todo el Magdalena hasta el pueblo, viviendo el verdadero realismo mágico del río más importante de Colombia. Ahora uno puede irse fácil por tierra desde Magangué hasta Mompox, pero en ese momento estaban haciendo la carretera y los puentes que hoy día comunican esos dos municipios; en ese tiempo tocaba en lancha si querías ir a Mompox por ese lado.
Mompox es uno de mis pueblos favoritos. Es la cuna del realismo mágico, un lugar detenido en el tiempo a orillas del río, famoso por su arquitectura, su Semana Santa y su filigrana (joyería en hilos de oro y plata) que es un arte único en el mundo. Su malecón al lado del brazo del río, sus edificios históricos y sus ciénagas con toda su fauna y flora son una cosa impresionante de bonita.
De Mompox salimos a Santa Marta. La francesa hasta ahora iba encantada con todo lo que veía; había visto lugares únicos del país, y es que seguramente ella hasta ese momento había andado más Colombia que la mayoría de los colombianos. Bus Mompox al municipio de Bosconia en el Cesar y de ahí otro a la ciudad de Santa Marta.
En Santa Marta obviamente no falta la caminata por el centro histórico en la tarde-noche. Al siguiente día cogimos bus por media horita a Taganga. Ese día no había nadie, la playa prácticamente era para nosotros solos. Alquilamos un kayak (súper recomendado ese plan) para darle la vuelta a la Bahía de Taganga y hacer snorkel en medio de las aguas que ese día estaban súper claritas.
Y obviamente los últimos días no podía faltar la visita al Parque Tayrona. Este lugar es literalmente donde la selva se besa con el mar. Es un santuario natural sagrado para los indígenas de la sierra, con playas vírgenes, piedras gigantescas y una energía que te recarga el alma.
Allá sí había muchos turistas, la mayoría extranjeros, pero dentro de todo el parque no estaba tan lleno. La francesa lo disfrutó como nunca; al principio había llegado súper princesa, ya para ese momento se había vuelto toda una guerrera: se la pasaba sin zapatos, caminando por toda la selva.
Para esta vez nos hospedamos en un hotel llamado Casa de Campo Castilletes. Este no es donde están todos los hospedajes de las playas famosas como Arrecifes, La Piscina o Cabo San Juan. Para llegar a este hospedaje uno tiene que entrar por el Zaino y antes de llegar al parqueadero donde se empieza a caminar para adentrarse en el parque está la entrada al hotel.
Lo bueno de este lugar es que tiene todo tipo de acomodación, desde hamacas hasta zona de camping y habitaciones. También cuenta con restaurante y piscina, y lo mejor: una playa grandísima prácticamente privada solo del lugar, donde igual hay bastante para caminar y explorar en medio de la selva y el mar.




Vuelta a Medellín, la otra Medellín
Volvíamos del paraíso en avión de vuelta a Medellín. La diferencia de esa Medellín de antes a la de ahora era bastante grande. Hoy los dos sitios turísticos más grandes de Medellín son Provenza y la Comuna 13; en ese entonces en Provenza apenas estaban saliendo los primeros bares y restaurantes, aún no había grandes discotecas y no existía la vía peatonal.
Por otro lado, en la Comuna 13, aunque ya existía el tour, no era para nada famoso. Realmente yo vine a saber bien del Graffitour de la Comuna 13 después. Dicen que el proyecto se empezó a formar desde el año 2010 por un grupo de artistas del sector, y se empezó a materializar en forma después de que hicieron las famosas escaleras eléctricas por allá en el 2012, donde aprovecharon la innovación de estas y los talentos de los diferentes artistas de la comuna para empezar con lo que hoy en día es el sitio más turístico de la ciudad.
Recuerdo que, en el año 2012, antes de que acabaran las escaleras, estuve en un concierto de rap allá en la comuna, y no existía nada de lo que es hoy en día.
De igual manera a la francesa le mostré bastante de la ciudad: desde el Parque Botero y el Museo de Antioquia, hasta el Jardín Botánico, Parque Explora y el Planetario, pasando por el Pueblito Paisa, también subimos al mirador de las Palmas a ver el atardecer que en ese tiempo era infaltable y el hike al cerro de Las Tres Cruces.
En ese tiempo lo más popular de la fiesta era el Parque Lleras, que no era tan conflictivo y lleno de malos contrastes como lo es ahora (lleno de prostitución y problemáticas sociales). También “turistíamos” por los municipios de Envigado y Sabaneta.
Esos días también los aprovechamos para ver la Feria de las Flores. Este es el evento más importante de la cultura paisa, donde la ciudad se llena de color y alegría para celebrar nuestras tradiciones campesinas. Ver a los silleteros cargando sus obras de arte en flores es algo que pone la piel de gallina. Estuvimos en el desfile de autos clásicos, el desfile de silleteros, las fondas, el concierto de feria que hicieron en el parque Juan Pablo Segundo y los tablados de la 70.
Seguido de eso nos fuimos a “puebliar” esta vez con mis amigos, pasando por Guatapé (famoso por su piedra gigante, la represa y sus zócalos coloridos en las casas del pueblo), Santa Fe de Antioquia (un pueblo colonial de clima caliente hermoso, lleno de historia y calles empedradas) y a tirar charco en el tradicional municipio de Barbosa.




Última parte del viaje: mi lugar favorito del mundo, El Amazonas
Llevábamos ya más de mes y medio viajando por todo Colombia. Yo ya estaba quebrado económicamente hablando, por lo que aprovecho para agradecerle a la francesa que se hizo cargo de bastantes de los gastos que teníamos.
Este viaje había sido organizado por la agencia de viajes familiar en un paquete de esos “todo incluido” que para ese tiempo me costó como 900.000 pesos colombianos (que, al cambio de la época, con el dólar a 3.000, eran unos 300 USD). ¡Una ganga!
Yo ya había conocido el Amazonas un par de años antes en una excursión que había hecho de graduación en el colegio, por lo que varios de los extra-tours que ofrecían en el hotel (que era el Amazon On Vacation) ya los conocía, o había hecho algunos parecidos, pero en otros lados. Por lo que ya le dije a la francesa que los hiciera ella; igual eran costosos y yo iba únicamente a los que estaban incluidos en el paquete.
Yo no sé cómo sea ahora el hotel, la gente tiene sentimientos muy divididos, pero por mi parte fue increíble. Tuvimos la suerte de que nos pusieron en las últimas habitaciones; desde el lobby había que caminar bastante para llegar allá, por lo que estábamos bastante alejados del ruido de la piscina y el restaurante, y mis vistas de la habitación eran por un lado la selva y por otro el Río Amazonas.
Como les decía, todo estaba incluido: había barra libre de 11am a 11pm todos los días, por lo que los días que yo no fui a los tours igualmente estuve relajado, disfrutando en el hotel lo más de bueno y relajándome en el balcón de la habitación con las vistas privilegiadas que tenía. La habitación era increíble, era gigante, tenía dos pisos y el tercero era el balcón. Todo esto mientras la francesita disfrutaba de las maravillas del Amazonas.
Ahora no sé cómo esté el hotel, pero si sigue igual o parecido y no tienen mucho presupuesto y quieren conocer el Amazonas, lo recomiendo 100%. Es una opción muy favorable y económica.











