Viajar, mi medicina para los problemas
Todos cargamos problemas
Uno como ser humano viviente siempre pasa por problemas, ya sean de salud o psicológicos. Hay gente que los trata yendo con profesionales, doctores, psicólogos, psiquiatras, etc.
La verdad, yo siempre he sido una persona bastante saludable. Nunca he tenido problemas de salud más allá de los huesos que me quebré cuando era niño; era bastante inquieto y casi todos los años al menos un dedo se iba de quiebre.
Por otro lado, nunca he tenido problemas serios de salud mental, jamás he sufrido de depresiones constantes. Eso nunca me ha quitado que, como persona, pase por momentos malos y buenos.
Uno, quiera o no, va a tener situaciones que pueden perturbar nuestra salud mental, sea la muerte de un ser querido, cuando tenemos problemas con nuestra pareja, cuando terminamos una relación, cuando nos rechaza esa persona con la que queremos estar, cuando nos echan del trabajo o, a veces, el simple hecho de creer que nuestra vida no tiene rumbo y estamos vagando sin sentido en ella.
Yo, personalmente, desde que tengo 18 años (hoy escribo esto a mis 30), siempre he tratado de atacar esos problemas yéndome, y yéndome bien lejos.
Recuerdo desde cuándo viajar se convirtió en la medicina para mis problemas, sobre todo personales, pero es que siempre, en medio de nuestra vida cotidiana, con nuestras rutinas, nuestros horarios y demás, muchas veces es difícil salir de ese hueco o quitarnos esos sentimientos que nos envuelven cuando tenemos depresión, cuando no estamos bien y sentimos que nadie alrededor nos puede ayudar, cuando necesitamos un respiro.


Un hogar lleno de conflictos
La primera vez que lo hice fue cuando tomé la decisión de irme para España. Tenía 18 años recién cumplidos. La verdad, no sabía bien qué era lo que quería hacer con mi vida. Mis viejos mantenían peleando, ya llevaban varios años igual.
Estar en familia muchas veces era estar en un lugar hostil. Muchas veces, inconscientemente, los hijos pagamos los platos rotos de nuestros padres, que mantienen una relación rota por no partir la familia cuando a veces es lo mejor.
De niño no me tocó una familia separada, aunque créanme que muchas veces lo deseé. Esas discusiones y todas esas situaciones crean consecuencias, traumas y forman una persona más desconfiada, y queramos o no, todo eso repercute en un futuro, en cómo nos desarrollamos nosotros mismos y las secuelas psicológicas que podamos llegar a tener.
El viaje en bicicleta que lo cambió todo
A los dos meses de haberme graduado del colegio tomé la decisión de irme de viaje con mis amigos, ese viaje loco que hicimos por Colombia en bicicleta que conté en un blog anterior, que los invito a que lo lean.
En ese tiempo en mi casa nada estaba bien. Mi hermano, que era como mi mayor apoyo mientras mis papás se peleaban, hacía poco se había ido de la casa, por lo que al final me tocaba aguantar todo ese peso yo solo. Yo nunca quise que él se fuera. Yo pensé que se había ido a causa de todos esos problemas entre mis papás, pero la realidad era que él ya quería partir a hacer su propia familia.
Los problemas maritales de mis viejos cada vez eran mayores. Recién mi viejo se estaba recuperando económicamente de un gran debacle que tuvo y mi mamá no ayudaba en nada más que armar pleito, pelear, humillar a mi viejo y dañar el ambiente, aun cuando él era el único que estaba respondiendo y apoyando a la familia.
Y para acabar de ajustar, el amor de mi vida del colegio, con la que pude salir un par de meses después de que nos graduamos, lo cual básicamente había sido un sueño para mí, me había dejado, era la primera vez que de verdad me rompían el corazón.
Como conté en el blog del viaje en bici, yo había visto unos brasileños que se habían ido a viajar por toda América en su van y para ganar ingresos extra cocinaban en todos los lugares donde iban.
Yo, antes de graduarme del colegio, estaba por estudiar veterinaria o gastronomía, pero hasta ese momento no había pensado irme del país o estudiar por fuera ni nada de eso. Es más, como en ese momento estaba junto con ese amor del colegio, yo estaba más inclinado por estudiar veterinaria en Colombia, obviamente hasta pensando en un futuro con ella.
Ella quería ser doctora y yo veterinario. Era una persona a la que siempre le había gustado mucho ayudar a las personas. Yo no sé por qué siempre tuve ese sueño de irnos a viajar con alguna ONG a África y hacer voluntariados por el mundo. Obviamente eso nunca sucedió. Porque ni estudié veterinaria ni seguimos con nuestra relación.
Estaba recién graduado, había hecho el viaje de mi vida, pero cuando volví a Medellín la vida que mi entorno tenía para ofrecerme en ese momento me estaba hundiendo. Tenía que tomar decisiones.
Yo sí, desde que me gradué, había dicho que el primer semestre después de graduarme no iba a empezar a estudiar, porque aún no lo tenía totalmente claro y la verdad es que mis viejos me apoyaron en eso.
Después del viaje, los problemas y cuando me terminaron, tomé la decisión. Iba a estudiar gastronomía y seguir los pasos de los brasileños que había conocido.
La vida me dio un grandísimo regalo y fue que poco tiempo después se me dio la oportunidad de irme a estudiar a España. No lo dudé ni medio segundo y en menos de tres meses yo ya estaba empacando mis maletas para empezar una nueva vida en el exterior.


Descubriendo que viajar era una medicina
Había sido la primera vez que me iba lejos para estar lejos de los problemas y no les voy a negar que había funcionado a la perfección. Todo lo que me estaba hundiendo se había quedado en Colombia. Aunque los problemas no fueran míos propios, afuera ya no me tocaban, al menos no de la misma manera.
Aunque irse había sido un éxito, es normal no sentirse bien algunos días. A veces adaptarse a nuevas cosas toma su tiempo: ver diferentes personas que no te reciben con los brazos abiertos, un trabajo pesado, un nuevo clima. Son cosas pequeñas que al final te pueden dañar los ánimos.
Los problemas del migrante pueden deprimir a muchas personas. De verdad conocí mucha gente que no aguantaba y se devolvía o que extrañaba de sobremanera su casa, su familia y sus amigos. Yo sí los extrañaba, pero la verdad es que no lo suficiente, y como a mí no me gustaba quedarme encerrado, cada que tenía un momento libre me iba a explorar mis alrededores.
Los primeros meses que viví en España no le di ni tiempo a mi mente para que se sintiera mal. El viajar y pasear para mantener la cabeza ocupada en medio del asombro, la alegría, la admiración y todo lo bueno que produce lo desconocido a esas personas que les gusta ir un paso más allá, a mí me estaba haciendo muy feliz. Por más hostil que a veces fuera el ambiente alrededor, en el trabajo, las personas xenófobas o las dificultades del día a día.
La realidad es que estaba creando un hábito. El hábito era que, si tenía un problema, lo enfrentaba con viajar o pasear. Tenía un mal día y luego tenía otro libre; no me quedaba tumbado, no me ahogaba en mis problemas, me paraba y me iba lejos.


¿Huir de los problemas o encontrar una solución?
Una exnovia me decía que yo era un cobarde, porque yo no les daba la cara a mis problemas, sino que me iba lejos para no afrontarlos. Y puede que tenga razón, pero eso me estaba llevando a tener una vida mucho más feliz.
Obviamente somos responsables de muchas cosas, y cuando hablo de esto no es afrontar todos los problemas renunciando a cosas, para nada. De los problemas que hablo son problemas personales, problemas con sentimientos o estados de ánimo propios, ya sean causados por uno mismo o por otros.
Obviamente hay cientos de otros problemas que hay que afrontarlos, y no me refiero a esos.
Los viajes que me ayudaron a levantarme
Pasaron los años y les digo que cada vez esta medicina me hacía más efecto. Pasaban los años y cada vez me sentía mejor cuando volvía de un viaje.
Los viajes no solo me hacían aprender, también me hacían abrir los ojos. Crecía mi interior, crecía como persona y me daban tiempo de buscar mejores soluciones o simplemente olvidar cualquier mal que me hubiera pasado.


El desamor en Australia
Recuerdo en Australia tuve un desamor, mi desamor australiano, de una australiana con la que me enamoré y la cagué profundamente. Esto también lo había contado en el blog de Australia y, gracias a ese desamor, además de que no estaba trabajando tanto en ese momento y con la gente con la que vivía también había muchos problemas, mi solución fue irme de viaje.
Tres semanas entre Asia y otras partes de Australia hicieron que volviera con toda. Me mudé de casa con unos amigos, luego empezamos otro restaurante con mi jefe y empecé a trabajar un montón, mucho más recargado, gracias a este viaje y todas las decisiones que tome empezó a llegar todo lo bonito que llegó en el resto del tiempo que viví en Australia.


La muerte de mi padre
Cuando mi padre falleció, la mejor medicina para mi duelo fue viajar, nunca había sentido tanto dolor. Y es que antes de irme para Malta, igual mientras estuve en Colombia pude viajar, eso siempre fue reconfortante, una mente distraída en esos momentos créanme que es una bendición, en esos momentos que pensamos que nuestra vida se acabo. Para suerte mía, con mis amigos y familia también. Eso hizo que los primeros meses no fueran peores de lo que ya estaban siendo.
Además de eso, irme luego del país a Estados Unidos y posteriormente a Turquía antes de llegar a Malta también fue una medicina grandísima.


Cuando Malta me obligó a reencontrarme
Y lo mismo cuando me rompieron el corazón en Malta, cuando se me junto el duelo con la tusa, ese sentir que ya no pertenecía al mundo de la cocina, que no quería esta mas explotado en los lugares donde trabajaba y que ese trabajo me estaba haciendo daño.
Viajando fue que tomé decisiones, fue cuando volví a pensar en mí por encima de los otros, fue cuando me volví a descubrir y pude salir de ese hueco donde estaba.
Todo esto lo cuento en el blog de Malta.


La medicina que todavía funciona
Hoy en dia lo sigo haciendo. No he vuelto a tener problemas lo suficientemente grandes como para decir que el viajar me está curando de algo, pero en estos últimos cuatro años les puedo decir que viajar siempre me ha ayudado a levantar la moral cuando se está perdiendo, a volverme a enfocar cuando perdí el foco.
Viajando he cumplido sueños, me he sentido realizado y he seguido abriendo mi mente a nuevas posibilidades.
Viajar no soluciona todo, pero a mí me ayudó
Y a mis lectores no les aconsejo que renuncien a todo y se vayan a viajar, pero la medicina más grande que he tenido cuando me siento mal, en momentos de dolor y depresión, en momentos donde me siento perdido, ha sido viajando.
Así que salgan, viajen, abran su mente a nuevas cosas, arriesguense a viajar solos, aprendan a vivir en soledad también, aunque realmente viajando uno casi nunca está solo. De nada nos sirve quedarnos tumbados esperando a que las cosas cambien si nosotros no buscamos el cambio o no queremos cambiar.
Yo no soy un profesional en salud, no sé cómo funcionan las mentes de las personas, pero sí he podido concluir que la medicina para la salud de mi mente y de mi corazón es VIAJAR.
Epílogo
Después de tantos años viajando, de tantos países, ciudades, personas y experiencias, me he dado cuenta de que nunca fueron únicamente los lugares los que me ayudaron. No fue España, ni Australia, ni Malta, ni Turquía. Tampoco fueron las montañas, las playas o los monumentos.
Lo que realmente me ayudó fue todo lo que pasó dentro de mí mientras viajaba.
Viajar me obligó a salir de mi zona de confort cuando sentía que mi vida estaba estancada. Me obligó a conocer personas cuando pensaba que quería estar solo. Me obligó a encontrar soluciones cuando creía que no las había. Me enseñó que el mundo es mucho más grande que nuestros problemas y que, aunque haya momentos en los que sentimos que todo se está derrumbando, siempre existe un nuevo camino por descubrir.
Muchas veces me fui buscando olvidar algo y terminé encontrándome a mí mismo.
Y si algo he aprendido durante todos estos años es que cada viaje deja algo. A veces una amistad, a veces una enseñanza, a veces una historia y, otras veces, simplemente la tranquilidad de saber que seguimos avanzando.
Por eso sigo viajando. No porque crea que viajar sea la solución a todos los problemas, sino porque en el camino siempre encuentro una nueva razón para seguir adelante.
Reflexión final
A veces creemos que sanar significa quedarnos quietos esperando que el tiempo haga su trabajo. Pero muchas veces sanar también es moverse. Es cambiar de aire, cambiar de paisaje, conocer personas diferentes y permitirnos ver la vida desde otra perspectiva.
No todos los viajes tienen que ser al otro lado del mundo. A veces basta con salir de nuestra rutina, alejarnos un poco del ruido y darnos la oportunidad de pensar con claridad.
Porque cuando cambiamos el entorno, muchas veces también cambia nuestra manera de ver los problemas.
Conclusión
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que muchos de los momentos más difíciles de mi vida terminaron convirtiéndose en algunos de los viajes más importantes que he hecho.
No porque los problemas desaparecieran mágicamente, sino porque viajar me dio el espacio necesario para entenderlos, aceptarlos y seguir adelante.
Cada persona encuentra su propia medicina para los momentos difíciles. Algunos la encuentran en la familia, otros en el deporte, en el arte, en la fe o en la ayuda profesional.
La mía, al menos hasta ahora, ha sido viajar.






