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De la Crisis al Cielo: Cómo Viajar en Pandemia Me Salvó la Vida

El último round en Australia (3 mil dólares o pa’ la casa)

La pandemia fue un antes y un después en la vida de muchos, a muchos les cambió en la forma que trabajaban, a otros sus rutinas, a muchos hasta en la forma de socializar y a otros nos dejó un vacío enorme por la pérdida de algún ser querido.

Cuando llegó la pandemia yo estaba en Australia, justo en ese momento estaba en proceso de sacar mi visado por medio de un sponsor en la empresa en la que trabajaba. Recuerdo que cuando las cosas se empezaron a poner mal cerraron, como en la gran mayoría de países y ciudades del mundo, la gran mayoría de lugares donde pudiera haber aglomeraciones o grandes grupos de personas.

Mientras aún no cerraban los locales y seguía trabajando, la misma gente dejó de ir; a mí me cortaron mis horas de trabajo poco a poco durante las últimas dos semanas antes de que definitivamente cerraran el restaurante.

Justo esa semana me notifican que para que me den la visa tenía que pagar, eran como 3.000 dólares y me dieron el ultimátum desde migración que tenía 2 semanas para pagar o 1 mes para dejar el país. En ese momento ya casi todo estaba cerrado, los restaurantes solo podían trabajar si hacían domicilios o comida para llevar.

Me llamaron mis compañeros y mi jefe para ir al restaurante, a limpiarlo y desocupar todas las neveras, nos íbamos a repartir toda la comida que sobraba. Ese día pude hablar con mi jefe, le comenté lo que me habían dicho acerca de mi visa, y le dije que tenía el dinero pero que tenía miedo de que ya no fuera a trabajar más y si tal vez iba a necesitar el dinero para mi subsistencia.

Realmente la visa y todo mi proceso migratorio del último año había sido gracias a él, pero prácticamente con los ojos con lágrimas me dijo que él no me podía asegurar cuándo íbamos a poder abrir de nuevo, también había muchas otras personas que trabajaban conmigo que la iban a pasar mal y él estaba bastante preocupado por todos.

Al final me dijo que hiciera lo que considerara y que él me iba a apoyar en la decisión que tomara, ya sea dejar Australia o pagar y esperar. En mi blog de Australia les comenté que yo no me quería ir, yo amaba Australia, desde el primer momento en que llegué siempre había sido un sueño. Al día siguiente avisé que no iba a pagar y que iba a dejar el país. Y pocos días, inclusive no recuerdo si fue al día siguiente, Colombia cerró todas las fronteras.

En ese momento, todo se fue aún más para abajo, no tenía trabajo y a mi visa ya le quedaba un poco más de 3 semanas. Sabía también que con el dinero que tenía ahorrado podría vivir un par de meses más, pero no más que eso. Creo que ese momento fue el momento que más estuve preocupado, la verdad no sabía qué iba a pasar con mi vida y todo el mundo se estaba yendo patas arriba.

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El respiro australiano y el choque con la realidad en Colombia

Pasaron los días y el gobierno australiano sacó un nuevo visado para aquellos que no podían regresar a sus países de origen y debían resolver su situación migratoria porque sus visas estaban vencidas o a punto de vencer, por la cual apliqué. Seguido de eso mi jefe me llama y me dice que vamos a hacer una prueba piloto en el restaurante e íbamos a abrirlo y servir comida para llevar. La empresa donde trabajaba tenía más de 50 restaurantes alrededor de la ciudad y el país, la gran mayoría de los locales al menos del tipo de restaurante donde trabajaba no tenían servicio takeaway (para llevar), todo estaba cerrado y si eso funcionaba significaba que podían intentar con los otros restaurantes.

Mi jefe solo convocó a los que no eran australianos, ya que a los ciudadanos les pagaban hasta 3.000 AUD a través del programa JobKeeper, un subsidio para las personas que no estaban trabajando a causa de la pandemia; por el contrario, a los extranjeros no se les daba nada.

A los días se me venció la visa por lo cual no pude trabajar más; trabajé alrededor de 10 días desde que volvimos a abrir y yo esperando la respuesta de migración acerca de mi visa. En esos 10 días trabajamos como nunca, la prueba había sido un éxito y solo en esas casi dos semanas de trabajo me había hecho lo que generalmente me hacía en un mes y hasta más. Eso me había dado un respiro.

La visa me la dieron por 6 meses (la famosa Pandemic Event Visa – Subclass 408), sin restricciones de trabajo, y por el éxito que habíamos tenido en el otro restaurante la empresa poco a poco empezó a abrir más. El gobierno, por otro lado, también dio la posibilidad de sacar hasta 10.000 AUD de la pensión (Superannuation); todos la pagábamos fuéramos o no ciudadanos, yo tenía alrededor de 7.000 AUD ahorrados.

Ese mes había sido un sentimiento de emociones como nunca antes había tenido: un par de meses atrás estaba feliz por el tema de mi visado, a los días prácticamente me veía en la calle sin la posibilidad siquiera de regresar a mi país y a las pocas semanas me veía trabajando y ganando como nunca, con un montón de dinero que no esperaba tener en mi bolsillo. Esos últimos 6 meses en Australia los aproveché para trabajar y ahorrar como nunca, aunque de esto ya hablé en el blog de Australia (los invito a que lo lean).

6 meses después, después de tener los mejores meses viviendo en Australia, volví a Colombia después de haberle dicho a mi jefe que volvía. Saliendo del país me dijeron que, si quería regresar o volver a aplicar a una visa, debía esperar un año, por lo que debía ver qué hacía mientras tanto.
Muchachos, tan pronto llegué de Australia no esperé para ver qué hacía.

Yo en ese momento no me quería quedar en Colombia, ahi no tenía muchas oportunidades, no trabajando como cocinero. Y por oportunidades no me refiero a que no hubiera trabajo, porque inclusive conseguí un puesto en uno de los restaurantes más famosos de Medellín en ese momento. Pero los pagos eran absurdos, no te pagaban más de un mínimo (que para el 2020 eran como 250 dólares), debías trabajar de 10 a 12 horas diarias, solo se descansaba un día a la semana, los lunes o martes y los horarios eran partidos. Definitivamente debía volver a salir del país.

Malta en el radar y el golpe más duro de mi vida

Antes de volver a Australia yo ya había estado consultando a qué países podía ir, cuáles tenían políticas de migración más flexibles, o al menos que dieran visados de trabajo, y en eso me encontré con Malta:
Malta es un archipiélago en el corazón del Mediterráneo, justo al sur de Italia. Es un país diminuto, pero con una historia brutal que mezcla influencias árabes, italianas y británicas. Se habla maltés e inglés, y en ese momento se estaba convirtiendo en un destino muy popular estudiar inglés, sus playas de agua cristalina y, sobre todo, porque es de los pocos países en Europa que facilitaba procesos de visa de trabajo para profesionales fuera de la Unión Europea.

Buscando trabajo por internet me apareció una oferta de trabajo, pedían inglés, ser profesional y 2 años de experiencia. Era con una agencia reclutadora, pero ellos se encargaban de gestionar todo mi proceso para poder llegar a trabajar (de esto hablaré más adelante en los siguientes blogs, de cómo hice para llegar a vivir y trabajar en Malta). Después de varias entrevistas virtuales y entrega de papeles empezamos mi proceso.

En Colombia me dediqué a puebliar, a conocer más. En Medellín había más restricciones, la pandemia golpeaba bastante, mientras que en los pueblos todo era muy diferente, más tranquilo, menos gente. Alcancé a conocer muchos pueblos alrededor del departamento de Antioquia y el Eje Cafetero que no conocía, por lo que los primeros meses no estuvieron tan mal.

Pude conseguir un trabajo en un call center de seguros para muebles para una empresa de USA; sí, seguros para muebles. Básicamente contestaba llamadas de gringos a los que se les había dañado la pata de la mesa, el gato se les había orinado en el mueble, el niño les había rayado el clóset y habían contratado este seguro.

Aunque fue de las cosas más tediosas que pude hacer, porque el trabajo de call center es bastante pesado, trabajaba solo de lunes a viernes desde casa y salía a las 4 pm, por lo que las tardes las tenía libres. Un trabajo de oficina que nunca había tenido trabajando en los bares y las cocinas en España y Australia.

Como les decía antes, la pandemia nos cambió, nos revolcó, y yo no era la excepción. Viví el momento más triste de mi vida: mi padre se contagió de COVID y murió gracias a esto. Escribiendo esta historia no les niego que duele, los recuerdos de ese momento son algo que nunca queremos vivir, porque recuerdo justo hace poco más de 5 años, exactamente el 24 de abril del 2021, como el día más triste de toda mi vida.

Mi viejo también estaba esperando a que me dieran mi visa, él me apoyó siempre en todas mis aventuras. Todos los días me llamaba para saber cómo me iba en mis viajes y en mis proyectos y siempre estuvo orgulloso de lo lejos que había llegado, como desde tan joven me había ido a tantos países y lo duro que había trabajado para poder vivir viajando.

Antes de su fallecimiento, a él lo tenían dormido, entubado a causa de todo lo que el COVID le había causado a sus pulmones; él no podía respirar. Y justo en esos momentos de angustia me aprueban mi visado a Malta. Él nunca supo que ya tenía todo listo para volverme a ir, nunca supo que de nuevo su hijo iba a volver al otro lado del mundo. A los de la agencia les pedí un par de meses para acompañar a mi madre y encargarme de la sucesión de mi viejo. Ellos entendieron y aceptaron; me dijeron que tratara de ir antes de mitad de año y yo les dije que iba a hacer todo lo posible.

El radar de la vacuna y el cierre de España

En Colombia apenas estaban dando las vacunas a personas mayores de 60 años en ese momento; mi viejo murió una semana antes de que le tocara su vacuna, y a mí me iba a tocar esperar quién sabe cuánto. Se decía que en Estados Unidos las estaban poniendo gratis a todo el mundo, fuera de la edad que fueran y vinieran de donde vinieran. Para entrar solo necesitaba una prueba PCR y no exigían hasta ese momento certificado de vacunación.

Por lo que decidí buscar el tiquete más barato y salir a conseguir esa vacuna, la cual necesitaba para entrar a Malta, ya que allá sí la estaban pidiendo. El mundo poco a poco volvía a la normalidad, y aunque en Australia no me había tocado toques de queda y restricciones tan severas, en Colombia la gente estuvo encerrada muchos meses antes de que yo llegara.

Pude viajar a Estados Unidos, la vacuna la conseguí directamente en el aeropuerto (en ese entonces aeropuertos como el de Ford Lauderdale ofrecían la vacuna Janssen de una sola dosis), y aproveché para turistear por unos días en Miami y alrededores.

En mis días en Miami recuerdo que hice un tour a los Everglades. Este lugar es un ecosistema de humedales único en el mundo; el tour típico se hace en “airboats” (botes con una hélice gigante atrás) para deslizarse sobre el agua y ver caimanes, cocodrilos y una cantidad de aves brutales en su hábitat natural.

Luego hice otro de todo un día a Cayo Hueso (Key West). Es un viaje largo de unas 4 horas cruzando 42 puentes sobre el mar, incluyendo el famoso “Seven Mile Bridge”. Es el punto más al sur de USA, con una vibra caribeña, casas coloniales y un atardecer que es de los mejores que he visto.

Otro día lo usé para ir de compras al Dolphin Mall y en la tarde para ir a Wynwood, que es el distrito del arte callejero. Antes era una zona industrial y ahora es un museo al aire libre con los “Wynwood Walls”, donde están los murales de los mejores artistas de graffiti del mundo; es puro color y diseño.

Y los últimos dos días los utilicé para salir a montar bicicleta. Anduve por todo el centro de Miami y Miami Beach un día, entrando a las islas de los famosos (como Star Island, Palm Island y Hibiscus Island). Son islas artificiales privadas donde viven celebridades como Shakira o Ricky Martin; los porteros siempre me dejaban pasar con tal de no molestar a nadie si los veía.

El siguiente día me fui a conocer el Bill Baggs Cape Florida State Park. Demasiado recomendado, está en la punta sur de Key Biscayne y tiene un faro histórico de 1825 que es una belleza. Para llegar allá crucé Key Biscayne, Crandon Park y el Historic Virginia Key Beach Park, que tenía una ruta para bicicletas demasiado recomendada. Es un parque con mucha historia y senderos naturales que te hacen olvidar que estás al lado de una metrópolis como Miami.

Allá literalmente en ese momento era como si nada estuviera pasando. Casi todo el mundo ya estaba vacunado, no había casi restricciones, se sentía una normalidad que en Colombia aún no pasaba. Eso también me hacía sentir de cierta manera bastante mal, porque no habían pasado más de 2 meses desde que mi padre había fallecido a causa del COVID, en Colombia aún mucha gente la estaba pasando muy mal, y ese país ya estaba funcionando prácticamente como si nada.

Era la primera vez que salía del país en medio de la pandemia después de haber vuelto a Colombia, solo llevaba poco más de 7 meses en el país. Con la pandemia llevábamos poco más de un año, el mundo cambiaba y mi vida había cambiado para siempre.

Volví a Colombia ya vacunado y empecé a programar mi viaje a Malta. Resulta que así estuviera vacunado, debía estar un mínimo de 2 semanas en algún otro país europeo antes de ingresar al país. Yo me había decidido por hacer mi “cuarentena” en España. Resulta que un día estaba mirando los tiquetes, estaba de visita donde unos familiares en Bogotá, ya era hora de comprarlos y estaba de noche y me dije como que los iba a comprar el siguiente día. Me ocupé un poco con mi familia y luego me fui a dormir. Casi los compro, pero no sé, algo me hizo no hacerlo ese día.

Al día siguiente España saca un comunicado que no iba a dejar ingresar a más colombianos ya que estaban falsificando muchas pruebas PCR. Sí, increíblemente los colombianos siempre haciendo las cosas mal; así estuviera vacunado, nos habían cerrado las puertas a todos. En España en ese momento no te pedían certificado de vacunación, pero sí te pedían la prueba.

Ahora tocaba cambiar el plan. Otros países de Europa solo permitían tránsito por los aeropuertos, la gran mayoría te pedían también las 2 semanas de cuarentena en países específicos antes de dejarte entrar. A los colombianos nos habían cerrado las puertas de casi todo el mundo, más de lo que generalmente estaban, y no solo era por las falsificaciones, era porque en ese momento Colombia era uno de los países con más contagiados diarios y más fallecimientos.

Averiguando por internet miré que Turquía no tenía esa restricción. A los colombianos solo les pedían la PCR, aunque yo ya estaba vacunado, además que estaba en la lista de los países donde podía pasar mis 2 semanas antes de poder entrar a Malta. Ese era el recorrido que estaban haciendo todos los extranjeros latinos que iban de camino a Malta.

Era un país que siempre había querido conocer, dentro de todo es mucho más económico que la gran mayoría de países europeos, así que compré mi vuelo y no me quedé 2 semanas, dije: “voy a aprovechar de una vez y me quedo las 3”. Compré mis tiquetes; como no podía hacer escala en Madrid, compré un vuelo que hacía escala en París y estábamos listos para salir.

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Estambul, el regalo del destino y el inicio de la sanación

Salgo de Colombia y, obviamente, nunca faltan los contratiempos. Desde el mismo aeropuerto de Bogotá no me iban a dejar montar al avión; suerte que yo tenía todos los papeles en orden y los llevaba en una carpeta conmigo. Después de verificar y no sé qué tanto hicieron, cuando ya la gente estaba abordando, por fin me dejaron montar al avión. Escala en París y llegaba a Turquía. Como les decía, Turquía era un país que siempre había querido conocer, y sí que lo valió.

Llegué a Estambul y alquilé unas noches en un hostel; tenía ganas igual de irme a recorrer un poco del país en la segunda semana. Y gente, qué maravilla de ciudad. Es una ciudad con tanto para ver, tanto para conocer, tan fácil de moverse de un lado a otro en su increíble sistema de transporte público y, en ese tiempo, demasiado económico. Había llegado al lugar que era.

Empecé a comer de todo lo que veía, porque personalmente la comida turca me pareció muy buena. Recorrí muchos lugares de Estambul, esta ciudad dividida por el estrecho del Bósforo y ubicada mitad en Europa y mitad en Asia; era la segunda vez que pisaba suelo asiático. Es una ciudad con tantos contrastes, desarrollada, y una cultura que pocas veces había visto en otros lados del mundo.

Estambul es el hogar de mezquitas icónicas. La cultura aquí es musulmana pero mucho más abierta y cosmopolita comparada con otros países de la región. Te encuentras con el llamado a la oración (Adhan) resonando por toda la ciudad cinco veces al día, una experiencia que te pone los pelos de punta, mientras caminas por calles llenas de arte, moda y vida nocturna. Es ese choque perfecto entre lo ancestral y lo moderno.

Resulta que para ese tiempo mi madre tenía una agencia de viajes con la que había llevado varios grupos a Turquía. Entre todo, y mientras yo estaba en Estambul, se contactó con el dueño de la agencia para avisarle que yo estaba allá y quería ir a conocer un poco de Turquía. El turco, lo más formal del mundo, le dijo que me daba el viaje gratis para que lo conociera y lo promocionara, que en un par de días tenía un grupo y que me podía unir.

¿Qué creen ustedes? Clarísimo que sí. Solo me tocaba pagar lo que no estaba incluido en el plan normal, que era básicamente casi nada. No solo eso, la mayoría de los hoteles eran 4 y 5 estrellas y toda la comida estaba incluida. Una maravilla.

Ese imprevisto, ese viaje que era para supuestamente hacer cuarentena, se iba a convertir en uno de los mejores viajes. Se los juro que me ayudó un montón en el duelo, en esos momentos tan malos que llevaba. Ese viaje me hizo sonreír, y es que como siempre les digo: si tienen un problema, si se sienten mal, si la vida está perdiendo el sentido, ¡VIAJEN!

Lo más irónico es que se suponía que yo estaba en cuarentena, que Malta no dejaba entrar a gente del país sin antes hacer una cuarentena responsable en Turquía, pero en Turquía también era como si no hubiera pandemia. Todo, ABSOLUTAMENTE TODO, estaba abierto. Se vivía un verano como si nada estuviera pasando, la gente casi no usaba tapabocas, no había toques de queda; también era como si todo estuviera en la normalidad.

El tour de la sanación: de Ankara a las cuevas de Capadocia

Luego de unos hermosos días en Estambul, salgo a mi tour por Turquía. La primera parada fue en Ankara, la capital del país. Aunque muchos creen que es Estambul, la sede del gobierno es esta ciudad moderna y organizada.

Allí visitamos el Anitkabir, el Mausoleo de Atatürk. Es un lugar imponente dedicado a Mustafa Kemal Atatürk, el fundador de la República de Turquía; la arquitectura es monumental y el cambio de guardia es algo que vale la pena ver.

De ahí salimos para el Lago Tuz (Tuz Gölü), que es uno de los lagos salados más grandes del mundo. En verano el agua se evapora y queda una capa de sal blanca infinita que parece un espejo; es el lugar perfecto para fotos brutales porque el horizonte se pierde.

De ahí salimos para Capadocia. Este lugar parece de otro planeta; es famoso por sus “chimeneas de hadas”, que son formaciones rocosas naturales creadas por la erosión volcánica. Obviamente no podía faltar el sueño de montar en globo al amanecer; ver cientos de globos pintando el cielo mientras el sol sale sobre los valles es una experiencia que te cambia la vida.

Los días siguientes recorrimos los valles y ciudades antiguas las cuales estaban en medio de la tierra, en cuevas, y el Castillo de Ortahisar. Esta es una roca gigante de 90 metros de altura que servía como refugio y fortaleza desde tiempos bizantinos; subir hasta allá te da una vista de 360 grados de toda Capadocia.

Para luego visitar el paraíso histórico y ruinas en Pamukkale. Su nombre significa “Castillo de Algodón” y son terrazas naturales de piedra caliza blanca llenas de aguas termales ricas en minerales. Al lado están las ruinas de Hierápolis, una ciudad balneario-romana donde todavía puedes ver el teatro y la necrópolis.

Siguiendo con la historia en Bergama (Pérgamo), visitamos las ruinas de una de las bibliotecas más grandes de la antigüedad y el Asclepeion, que era como un hospital o centro de sanación antiguo.

Pasando por el sitio arqueológico de Troya, donde está la réplica del famoso caballo de madera y puedes ver las diferentes capas de la ciudad que describió Homero en la Ilíada.

Terminando nuestro tour en Çanakkale, una ciudad costera clave que conecta Europa con Asia a través del estrecho de los Dardanelos, un lugar lleno de historia militar y con una vibra frente al mar increíble, antes de volver a mi última semana en Estambul.

Estambul a tus pies

Después de darle una vuelta a Turquía, y créanme cuando les digo que no fue suficiente, volvimos a Estambul. Aún me quedaban varios días por lo que me dediqué a conocer más los alrededores de la ciudad. Como les decía, toda la ciudad está muy bien conectada por una red súper completa de metro, buses, tranvía y ferries, por lo que me pareció demasiado fácil llegar prácticamente a cualquier rincón del área metropolitana, además de que en general es una ciudad demasiado caminable, donde te encuentras cosas para ver y hacer prácticamente en cualquier lugar.
Para los que están planeando ir, aquí les dejo mis Lugares recomendados en Estambul, esos que no pueden faltar en el itinerario:

Mezquitas imperdibles:

– Mezquita Azul: La más famosa, con sus seis minaretes y azulejos azules brutales.

– Santa Sofía: Una joya histórica que ha sido catedral y mezquita; la energía ahí adentro es otra cosa.

– Mezquita de Suleimán: Para mí, una de las más bonitas y con una vista increíble del Cuerno de Oro.

– Mezquita Nueva: Justo al lado del Bazar de las Especias, es imponente.

– Mezquita Çamlıca: La más grande de Turquía, situada en la parte asiática; es moderna y gigante.

Palacios y lugares de interés:

– Palacio de Topkapi: Donde vivían los sultanes; prepárense para caminar porque es enorme.

– Torre de Gálata: El mejor mirador para ver el atardecer sobre la ciudad.

– Gran Bazar: Prepárense para regatear como locos en sus miles de tiendas.

– Bazar de las Especias: Un festín de olores y colores (compren té turco ahí).

– Palacio de Dolmabahçe: Puro lujo frente al Bósforo.

– Torre Çamlıca: La torre de comunicaciones con las vistas más altas de la ciudad.

Estadios (para los amantes del fútbol):

Estadio Beşiktaş JK, Estadio Ali Sami Yen (Galatasaray) y el Estadio Şükrü Saracoğlu (Fenerbahçe). La pasión turca por el fútbol es nivel Dios.

Islas Príncipe / Adalar (un escape del caos):

Büyükada, Heybeliada, Burgazada y Kınalıada. Son islas donde no hay carros, te movés en bici o caminando, tienen playas y vistas impresionantes y el ferry para llegar es un parche bacano.

Barrios y distritos (La verdadera esencia):

– Sultanahmet: El corazón histórico; donde están las joyas del imperio.

– Taksim: El centro de la vida moderna, tiendas y la famosa avenida Istiklal.

– Kumkapı: Famoso por sus restaurantes de pescado y sus calles llenas de música y ambiente – nocturno.

– Çemberlitaş: Hogar de la columna de Constantino y de algunos de los baños turcos (Hamams) más antiguos.

– Eminönü: El caos más bacano del mundo; barcos, bocadillos de pescado y el puente de Gálata.

– Karaköy: Era una zona portuaria y hoy es el barrio más hípster, lleno de cafés de especialidad y arte.

– Beşiktaş: Barrio universitario, futbolero y con una energía joven impresionante.

– Seyrantepe: Una zona más moderna y empresarial, donde se siente el crecimiento de la ciudad.

– Kabataş: Punto clave de conexión de ferries y hogar del Palacio de Dolmabahçe.

– Kadıköy: Mi lugar favorito en la parte asiática; mercado de comida, bares y una vibra muy relajada, perfecto para caminar por la costa y ver el atardecer.

Viajar para sanar

Ese primer año de pandemia fue un ir y venir, momentos de angustia y tristeza que por momentos se pudieron llenar así fueran con un poquito de lucidez viajera. Yo nunca me voy a cansar de decirlo: la mejor forma de sanar y de olvidar los problemas es viajando y conociendo. Después de Estambul viajé a Malta, pero esa historia se las dejo para otro blog.

Mirando hacia atrás, este viaje no fue solo una escapatoria de las restricciones de la pandemia o una movida estratégica para conseguir una visa. Fue el proceso de entender que, aunque el mundo se detenga y la vida nos arrebate lo que más queremos, el movimiento es lo que nos mantiene a flote.

Mi viejo no pudo ver este último tramo del camino, pero lo sentí en cada amanecer en Capadocia y en cada calle de Estambul. Viajar no borra el dolor, pero te da el espacio para respirar de nuevo, para entender que somos ciudadanos de un mundo que, a pesar de todo, sigue siendo hermoso y lleno de oportunidades.

Conclusión y agradecimientos

Gracias a todos los que me leen y me acompañan en estas historias que a veces son más personales que de viaje. Gracias a mi viejo, que donde quiera que esté, sé que sigue celebrando mis sellos en el pasaporte.

Si estás pasando por un momento difícil, no te encierres; el mundo tiene una cura para cada dolor, y muchas veces esa cura está en un tiquete de avión.

¡Nos vemos en el próximo blog para contarles cómo fue llegar a la isla de Malta!

Si mi historia te inspiró pero no sabes por dónde empezar a planear tu propia aventura, tengo las herramienta exacta para ti.
Después de 12 años recorriendo el mundo, de Australia a Turquía y de Malta a Colombia, puse todo mi conocimiento en un solo lugar.

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